jueves, mayo 22, 2008

AJO BLANCO Y SALSA DE TOMATE

Rescaté este cuento de las desordenadas libretas que Petronilo Marcelinao Tardón almacenaba en una caja de zapatos. me pareció interesnte la alianza entre la cocina y el erotismo, aunque nunca han estado reñidos la mezcla del placer de los sentidos. Quizá falte una melodía sonando en el ambiente, pero puede solucionarlo la bailarina. Paula Marta Temprano.
Me había llamado Marisol de manera muy urgente. Marisol, amiga desde hacía muchos años, atravesaba un momento delicado en su vida: terminaba de separarse de su marido y los hijos, ya mayores, abusaban de su bolsillo. Además, según me contó por teléfono, querían darle lecciones de moralidad. La encontré muy abatida e inmediatamente corrí a su lado. Serían las dos de la tarde cuando llegué a su casa. No se había quitado la bata, aunque parecía recién salida del baño. El pelo aún lo llevaba mojado.
Después de los saludos correspondientes y un abrazo prolongado, donde se desahogó llorando, fui capaz de hacer que recompusiera su ánimo.
-- Te invitaría a comer fuera, pero posiblemente se nos haga tarde, ¿tienes algo en la nevera? Yo mismo lo preparo -me ofrecí servicial.
-- No sé si hay. Mira tú mismo -me contestó desde las profundidades de su depresión, como si todo le diera igual, que así era.
Ella se quedó en el salón y yo entré en la cocina. Miré. Había patatas, arroz y bacalao. También había tomate frito. En la nevera vi fruta y algunas verduras. Encontré unas botellas de vino en el bajo de una especie de armario que ejercía de despensa y botellero. La bodega, no muy extensa, resultaba atractiva. Escogí una botella polvorienta, sin etiqueta y cerrada a mano. Tenía el aspecto de cenicienta en el palacio, como si alguien la hubiera abandonado a su desgraciada suerte, sin darle ni nombre ni apellidos. A mí me gustó por eso. En el cajón de los cubiertos descubrí el sacacorchos. Abrí la botella. Olí el corcho. El aroma a viejo inundó mis sentidos. Vertí medio vaso para recoger los posos. Lo miré al trasluz. Los tornasoles de un tinto maduro y conservado me hablaron de delicados matices en la lengua. Probé un mínimo trago que extendí por mi paladar. La nariz volvió a cantar. ¡Gloria bendita! En el salón permanecía mi amiga Marisol arrebujada sobre el sofá, frente al televisor apagado como si ofreciera el mejor de los espectáculos del mundo. De la vitrina extraje dos copas. Las coloqué sobre la mesa ante mi amiga y dije:
-- "El vino es el único antídoto que conozco para precavernos de esta letal amargura que vida va filtrando en nuestro corazón. No te amedrenten las pardas nubes que veas alzarse en tu horizonte, mientras tengas al alcance de tu mano la copa rebosante."
-- No pintas un panorama muy halagüeño, pero suena bien esas palabras.
-- Son de un persa de la Edad Media que debía conocer los sinsabores y como vencerlos. Ahí dejo la copa al alcance de tu mano mientras me encierro en la cocina. Hoy vas a conocer los placeres de la buena mesa...
-- No tengo hambre ni ganas de comer...
-- Tú espera un poco.
Regresé a la cocina y volví a mirar. Había también aceite de oliva, algunos ajos y distintas especies. En cuanto al pan lo había duro exclusivamente. No abundaba donde escoger, pero decidí rápido con qué podría levantar el ánimo de mi abatida Marisol. En primer lugar, salí otra vez a saludarla. Seguía allí encogida sobre el sofá. No había tocado el vino, mi copa en cambio había bajado sustancialmente. Me serví de manera generosa. Cogí su copa y se la puse en la mano. Me senté casi en su regazo. La incorporé un poco, le acaricié la nuca y le hice probar el vino.
-- Brindemos. Lo demás poco importan.
-- Me voy a emborrachar.
-- Tampoco es para tanto, pero unos cuantos vasos de vino te levantarán el ánimo -la bese en la cara, cariñosamente- ." A pesar de todo, tendrás amor, tendrás amigo"- le recité.- Ahora vuelvo a la cocina.
Me escancié otra vez y me levanté. En un cacharro puse pan duro con agua. En otro puse a cocer dos huevos. El bacalao lo metí también en un plato con agua. No serviría de mucho, pero parte de la sal se le iría mientras preparaba los otros ingredientes. Pelé algunas patatas y las rebané. Mientras trajinaba en la cocina, me venía a la imaginación los castigos del bardo compañero del Capitán Trueno, que por cantar le arrestaban siempre a este oficio tan poco lustroso y él, para ennoblecerlo con la poesía recitaba aquello de "qué lata, siempre pelando patatas con cuchillo de lata"... Puse en una sartén aceite a calentar y, mientras, batí un huevo en un bol. Rebocé las patatas y las freí. Hice lo mismo con el bacalao después de cambiarlo unas cuantas veces de agua para quitarle, en lo posible, la sal. Lo puse todo en una cazuela y doré en el aceite sobrante unos gramos de harina, para espesar la salsa. Se la puse por encima a las patatas y al bacalao. Maché en el mortero un ajo y unos clavillos y también lo añadí. Procuré cargar la mano en las especies. Siempre suelen calentar los ánimos. Añadí agua y lo puse a fuego lento. Tenía para media hora...
Salí de nuevo saludar a Marisol. Seguía triste pero había consumido el vino. Me senté otra vez junto a ella y le increpé.
--¿¡Pero quieres ponerte de pie de una vez y dejar de compadecerte!? ¿Te crees que porque te tengas tanta compasión a ti misma te van a solucionar algo?
-- No. Pero se está tan a gusto, así pequeñina, como si fuera una niña enfurruñada...
-- Vamos, apura la copa y a beber y beber y cantar como dice la canción ya veras como espantas tus males...
Pero Marisol no levantaba cabeza. Verdaderamente se encontraba hundida en la más profunda de las depresiones ocasionales. Volví hacia la cocina porque tengo sabido que una buena comida alegra el espíritu.
El guiso comenzaba a tomar en olor. Pensé en hace una especie de gazpacho o algo para refrescar y completar la marmita, pero no había muchas viandas en la despensa, así pues me conformé con el plato que había preparado. Lo probé. De sal estaba un poco cargado, pero no importaba mucho, porque ello ayudaría a beber.
Las patatas habían alcanzado el punto de cocción perfecto y los filetes de bacalao, también. Entraba el tenedor perfectamente. Apagué el fuego y aparte la perola. Serví buena parte de aquel cocido en dos platos hondos para que se enfriara un poco.
-- ¿Tienes por aquí un mantel? -pregunté a Marisol
-- En el aparador -me contestó desde su letargo.
Lo busqué y lo extendí sobre la mesa baja frente a la que ella se encontraba. Destapé otra botella de vino. Serví la mesa y me senté frente a ella, en el suelo, sobre un cojín. Por fin se incorporó. Mostraba los ojos tiernos de haber llorado pero estaba guapa, muy guapa. Se mostraba tierna y desprotegida, necesitada de afecto. Entre la bata, sujeta a la cintura por sólo el cinturón, dejó ver sus hermosos muslos.
No esperé a los postres, entre otras cosas porque nada había preparado para abordar la conversación sustanciosa.
-- ¿Pero qué te ha pasado realmente? Cuenta y desahógate.
-- Vengo ayer, y ya sabes como ando con mi marido, y me lo encuentro en casa duchándose con una tía. Eso, según estaban las cosas no es que me importara mucho, lo malo fue que encima me monta una escena pidiéndome perdón diciendo que nos quería a las dos y que hoy quería llevarse a los niños porque yo no les atendía. Y llegan los niños, y me montan la misma escena, así que me siento cornuda y apaleada...
-- Tampoco es para tanto. Las desavenencias ya estaban cantadas y lo de los niños no era más que una venganza por las peleas de los padres... Tú lo que tienes que hacer es seguir escribiendo que lo haces muy bien.
-- No tengo ánimos ni para ponerme.
-- Cuenta aunque sea tu propia experiencia.
-- Si, ya, la novela del siglo...
-- Un tanto así.
Las patatas con bacalao, comida pobre, habían salido muy bien.
-- Está rico este guisote -dijo, con la cara un poco más sonriente.
-- Menos mal que te oigo decir algo positivo.
-- Que a ti se te da bien la cocina, no es que yo vea nada positivo.
-- Bueno, sólo cuando guiso con esmero para amigas desesperadas. Bebe vino, anda. Llené de nuevo su vaso y volvió a probar otro trago.
Marisol perdía rigidez a medida que progresaba la comida. Su semblante, tan sombrío, cobraba otro aspecto más alegre más risueño, más como ella era. Marisol, cuando yo la conocí, dirigía una revista de historia. No escribía mucho, pero coordinaba bien los trabajos de otros investigadores. Era una mujer alegre y muy metida en su trabajo. Ella y su marido, ejecutivo de una empresa de fotocomposición, se conocía desde niños. Se habían casado apenas terminadas sus carreras de historiadora y economista y siempre habían sido un matrimonio bastante abierto. Los dos chicos habían venido. Ella, por tradición familiar, se había metido en política y ahora, ambos ocupaban puestos de dirección en la administración y en el partido. Rondaban la edad incierta de los treinta y tantos y los problemas de convivencia que nunca habían aparecido afloraban, no tanto por celos como por identidad personal. Marisol, reivindicaba en ocasiones la suerte de las amas de casa.
-- Hombre, aunque te parezca mentira y me veas con la moral tan baja, todavía no tengo ganas de morirme.
-- Eso está, bien. ¡Que se mueran ellos!
-- Tampoco, que vivamos todos pero que nos dejen vivir y no nos digan lo que tenemos que hacer.
--¡Pues así sea! -concluí yo.
Se hizo un silencio aprovechable para avanzar en el plato de comida. Las especies y el granín de sal excesivo potenciaban la necesidad del vino. Los vasos volvieron a llenarse y a quedar de nuevo en ese punto medio de ni llenos ni vacíos.
-- ¿Qué te parece si esta tarde vamos al cine?
-- ¡Olvídate, yo no me muevo de casa, no tengo ánimos!
-- Vaya, volvemos a empezar...
-- No, si no es eso. Pero me encuentro muy bien en casa, no tengo ganas de salir.
-- Como tú quieras, por eso no discutiremos. ¿Qué andas haciendo ahora?
-- Con los líos no estoy muy trabajadora. Tengo por ahí unos cuentos empezados que sabe dios cuando los terminaré o si los terminaré algún día.
-- Me los tienes que dejar...
-- Cuando los termine. ¿Te apetece un café? -ofreció Marisol
-- ¡Encantado! Y una copa.
-- Tengo algo de güisqui, ya sabes que soy poco bebedora.
Marisol se levantó por fin. Bajo su bata dejó al descubierto la sonrosada carne de los muslos y la sombra oscura del "concovulus floridus". No dije nada y también me levanté del suelo. La acompañé a la cocina. Mi imaginación comenzó a desatarse. Según el estado de ánimo de mi amiga, aunque mejoraba, de un momento a otro podía romper a llorar. Un llanto de mujer, siempre es embarazoso, pero cuando se trata de una amiga que cuenta sus problemas con terceras personas, puede conducir a situaciones curiosas. Pero también pensaba en los lucidos muslos y en la oscura golondrina que había entrevisto. La comida y una copa podían desatar tormentas, si el cielo seguía dejando al descubierto las estrellas.
Marisol trajo hielo en un plato junto con dos vasos largos. Yo llevé la botella de güisqui en la que quedaban apenas tres copas. Suficiente, de todas maneras. De nuevo ocupó el sofá para tumbarse. Yo me senté frente a ella, ahora en un sillón.
Para animarla, yo le empecé a contar una historia picante que me había sucedido en una ocasión en una reunión de amigos en la que quedamos todos en pelotas. Ella se rió de nuevo, lo cual me alegró.
-- Eso parece poco socialista -me comentó.
-- Lo que sucede es que tú mantienes la moral burguesa -le contesté-. ¿Si es divertido, por qué va a ser poco socialista?
-- Tal vez sea como tú dices -concedió sin más discusión-, pero a mí me lo censurarían mi marido y mis hijos.
Marisol, tumbada sobre el sofá, abría y cerraba las piernas de forma casi automática, casi como un tic nervioso, pero cada vez dejaba ver más sus carnes. A mí me resultaba difícil apartar los ojos de allí. Comenté sin querer
-- A saber lo que hace tu marido, ¿no dices que le pillaste duchándose con otra señora?
-- Eso es cierto
-- ¿Tú no te has acostado con otro nadie que no sea tu marido?
-- ¿Por qué me preguntas eso?
-- Ciertamente es una cuestión indiscreta, pero, según están las cosas, no estaría nada mal... Una buena juerga te relajaría las tensiones.
--Quizás lleves razón. Una buena juerga puede que me viniera bien. ¿Pero con quien?
El movimiento de piernas de Marisol, recostada como la Cleopatra, centraba toda mi atención que distraía exclusivamente con el trago de alcohol que vez ve en cundo sorbía de mi vaso.
-- Con cualquiera, conmigo mismo que para eso están los amigos.
-- ¿Te atreverías a meterte en una orgía conmigo y con tu mujer?
-- Y contigo sola dije levantándome.
Me acerqué a ella, y sin avisarle la besé en la boca. No existió resistencia y sus labios se abrieron. Mi mano entró directa debajo de la bata y encontró la noche clara y el caminito andador. Las copas quedaron pendientes sobre el cristal de la mesa. Pocos minutos después yo también estaba desnudo. Rodamos por el suelo, en la alfombra. La situación se convulsionó de tal manera que mi cabeza quedó entre sus piernas y la suya entre las mías. Aquella comida no estaba mal: al pesado con patatas, por lo que comenzó todo, se le añadía ahora un conejo bastante fresco. Seguimos jugando y Marisol se animaba. Fue entonces cuando soltó aquella barbaridad que a mí me hizo gracia. --¿Lo que me vas a dar ahora es el ajo blanco que me prometiste antes?
-- Sigue y prueba, a mí me gusta este conejo. Acaso le haga falta algo de salsa de tomate, pero me conformo con que sea así, al ajillo. Cuando hubo probado el gazpacho, quiso montar a caballo. Yo sobre la alfombra mirando al cielo, supe aquella tarde y alguna que otra más, las buenas cualidades de amazona de mi amiga Marisol.

sábado, mayo 10, 2008

REUNIÓN DEL EQUIPO DIRECTIVO

Está desmostrado que la eficacia de cualquier equipo directivo es proporcional al entendimiento humano entre sus miebros. He aquí un ejemplo claro de esta evidencia.



Todo es simple como el juego de los niños, pero las reglas son imprescindibles. Siempre ponemos reglas para romperlas. Las reglas se ponen solo porque se sabe que hay alguien que no la vas a cumplir. Si todos estuviéramos de acuerdo en que las reglas no inflingirían, a nadie se le ocurriría formularlas. En esto tampoco hay reglas. La única regla que hay, el chiste fácil, es sangrienta. Yo no soy drácula. Ella no es vampiresa. Por eso en el pasillo, a la vuelta de una esquina, meto la mano por debajo de la falda. Ambos nos dirigimos hacia el despacho de dirección. Cierro la puerta con el pie. La abrazo. Los labios se funden. Hoy he comprado, una novela de amor de esas de trescientas pesetas. La libido se me ha subido. Deseo tocarle el culo, se lo digo, me ha soltado una grosería. Le he contestado con otra y le he dado un azote. Ella ha respondido, con un " ¡sonso!",- palabra talismática ésta - me remueve toda la sensualidad soñada del caribe. Veo el anuncio de los limones cuando la oigo. Se ha puesto de moda en mi trabajo. Habrá razones para ello. La he dado en el culo, y me ha dicho "sonso". La he hecho cosquilla y se me ha vuelto. Película del oeste donde la heroína mira al bueno, en vez de estampar el beso, he vuelto a las cosquillas. Quería decirle algo importante del trabajo. "tienes un culo prometedor" he pensado, hoy te lo toco a discreción, pero has de esperar, hemos de resolver tres problemas. Uno de clientela, otro de personal y el tercero, el más sencillo pero el que más te preocupa a ti, de administración. Yo tengo en la mente un cuarto problema. Será la cuadratura del circulo, para eso tu eres la directora, a mi me toca imaginar, y a ti calcular. Hemos repartido así los papeles. Yo te imagino cada día, cada momento que te tengo cerca. Ahora en el pasillo te he tomado por la cintura, te he girado. En esta ocasión has ocultado los labios pero te has dejado abrazar. Te he presionado en la cintura y has levantado los ojos. Ahora sí te he besado. Te he llevado hasta el despacho de dirección, he cerrado la puerta con el pie, te he abrazado fuerte y te he besado. Te inclino sobre la mesa y te subo la falda. Te dejas hacer. Te he tocado un poco por arriba y bajo inmediatamente al pilón. Te bajo las bragas y pongo mis labios sobre tu coño. Coño negro., Coño peludo, coño, sabroso, un coño al que tenía ganas. Alterno tu boca con mi boca. No gritas, sólo suspiras. Llaman a la puerta. Esperaba esta llamada. Quito el pie. Entra Lola. Nos ve como estamos. Tú y yo habíamos acordado pervertirla. Es la ocasión. Lola hace un intento de retirada, un intento suave. No puede apartar los ojos de tu postura: las bragas en los talones y la falda cubriendo todo tu cuerpo. Estás sentada, arrebolada, yo de pie, también convulsionado. Mi pantalón, aun intacto, muestra el efecto de tu afecto. Lola intenta decir algo, pero no se atreve. Las evidencias son muchas. Yo la abrazo por el cuello, y la acerco. Ella pone cierta residencia aunque cede. Tú estás muy cerca. Beso tus labios y los de ella al mismo tiempo. Te doy el relevo como en una carrera. Tú parece que lo tomas con energías. Corres un primer esplín. Os miro cautivado: es el beso que no cesa. Vuelvo a meter, mi mano bajo tu falda. Tú separas las piernas sin dejar de acariciar la cara de Lola. Lola, contra todo pronostico, ha cerrado los ojos y avanza su mano hacia tu pelo, hacia tu brazo, aún no se define. Parece que cuenta los dedos en el aire. Son unos dedos menudos, suaves. Lleva las uñas pintadas. Lola siempre lleva las unas pintadas. Son unas para arañar o presumir o tal vez par ocultar que también sirven para acariciar. Esta vez las muestra para lo que son: como algo con qué jugar. Algo que se ha parado ahí sorprendido. Esta mano que camina hacia tu seno, y ahora lo sé, erguido y suave, estas uñas en las que tú no reparas porque te ocupas de los labios de Lola, te ocupas del cuello de Lola, del pelo corto de Lola, -tú no ves las uñas pintadas suspendidas en el aire esa milésima de segundo- el tiempo suficiente para que las uñas alcancen toda su dimensión evocadora llenas de timidez y audacia, repletas de deseo y ávidas de aventuras. Yo os miro desde cerca, como espectador, ¿soy expectante o estoy expectante? en todo caso sorprendido. Es la fotografía del momento: un primer plano de la mano que se paraliza en una duda entre la caricia y el desgarro. Brillan las uñas sobre las blancas camisas con puntillas que palpitan y labios que se juntan. Deslizo suavemente mi mano por tus piernas al compás que las uñas se extienden para llegar hasta tu hombro y rodear tu cuello. Mi otra mano, se posa sobre la cintura de Lola. Es la cintura del pantalón y su carne erguida en ese erizarse suave de las primeras caricias. Comparo tu suavidad, ya en marcha, con el primer contacto de la piel de Lola. Son distintas pieles y una misma sensación. Sujeto la puerta con el talón de mi pie. No quiero más gente en el despacho. El equipo directivo ahora está reunido y ha tomado una importantísima decisión. No hay palabras altas. Hablan los dedos. Pienso en la competencia. Qué darían si nos sorprendieran: algunos dudarían entre ir por vosotras o por mí. Quizá alguna y alguno fuera a por todas. Pienso, sin desearlo, en la estupidez de las peleas, en la cortedad de miras que nos caracteriza.

martes, abril 29, 2008

BUENA VISTA



Como ya iniqué en anteriores publicaciones, éste es otro de los relatos, entre eróticos y poéticos, que Petronilo Marceliano Tardón amontonaba sin orden ni concierto en las libretas viejas y arrugadas. Yo me he limitado a poner algunos puntos y comas.
PAULA MARTA TEMPRANO




Como cada año acudí a una óptica para renovar los cristales de mis gafas. Entré en una tienda nueva y pequeña que me ofrecía la confianza de pertenecer a una gran cadena. En la tienda solamente estaba Ángeles. Supe su nombre porque así rezaba en un diploma expedido por la Universidad Complutense como muestra de que había realizado un curso de optimetría y contactología. La llamé Ángeles y ella respondió.
-Deseo unas gafas nuevas, aquí traigo la receta.
-La receta está bien, pero a mí me gusta medir las dioptrías de los clientes, porque las medidas de los oculistas no coinciden con las de los ópticos.
Me colocó unos aparatos delante de los ojos y comenzó sus comprobaciones.
-Está bien graduado.
-¡Menos mal!
-Ahora míreme a los ojos -dijo mientras me colocaba una montura con unos cristales especiales.
La bata blanca transparentaba su ropa interior.
-Es muy agradable mirarte a los ojos, los tienes muy bonitos.
Ella rió.
-También tengo que mirarte a los labios, soy incapaz de no mirarte a los labios.
-¡No, no! Debe mirarme a los ojos. ¿Cómo me ve?
-Muy bien, tienes una cintura perfecta.
-- Es que bailo cuando salgo de aquí.
-- Ya se nota, tus muslos son redondos y carnosos, firmes como columnas.
-- Hago mucha gimnasia.
-- ¡Que bien te veo los pechos! ¿Cómo haces para mantenerlos tan firmes?
-- Me ducho cada día con agua helada, para endurecerlos.
-- Con estas gafas que me has puesto, que parecen traspasar las ropas, veo hasta la melenita de ahí abajo. La tienes muy arreglada.
-- Voy a la peluquería cada semana. Tengo dibujado un corazón.
-- Además el pelo de tu coño es muy negro...
-- Me lo cuido y lo perfumo cuidadosamente.
-- Noto crecer tus pezones.
-- Yo noto como crece tu ánimo.
-- Oigo la sonrisa entera de tu cuerpo.
-- Y yo la alegría y el ritmo del tuyo.
-- Quiero tus manos sobre mi nuca.
-- Y yo las tuyas sobre mi cintura.
-- Escucho tu aliento en mi oído.
-- Acaricia mi boca con tus labios.
-- Hunde tu mano en mi pecho.
-- Suelta el botón de mi bata.
-- Oigo el latido de tu sangre entre mis dedos.
-- Bebo del lóbulo de tus orejas.
-- El cántaro de miel se derrama en mi mano.
-- El vello de tu espalda cosquillea la palma de la mía.
-- La suavidad de tu piel eriza mis cabellos.
-- El olor de tu axila excita mis sentidos.
-- Las caricias de tus yemas alagan mi hombría.
-- ¡Bésame, Bésame fuerte a hora mismo!
-- Bebamos juntos este vaso de vino dulce. Quiero comer tu manzana y beber en tu fuente.
-- Ábreme la bata y piérdete entre mis montañas.
-- Tus pechos saben a cerezas del Valle del Jerte.
-- Tu pecho es como el roble rotundo de la sierra.
-- Tu piel es como el musgo suave del otoño.
-- Tus hombros se arquean como las montañas en erupción.
-- Tu cintura se mueve al ritmo suave de un bolero.
-- Desciende por mi piel hasta el infinito.
-- Busco en el río de tu espalda y llego hasta la presa de tus bragas.
-- Quítame la bata.
-- Quítame la camisa.
-- Libera mis pechos que quieren ir junto al tuyo.
-- Siempre tuve dificultades con este broche.
-- Ahora.
-- Tus pezones se clavan en mis pezones. Deja que los abrase con mis labios.
-- Tu cintura tiembla con mis caricias. Siento tus pantalones sobre mis muslos.
-- Desabrocha el cinturón y deja que caigan los impedimentos.
-- ¡Bésame, bésame en los hombros! ¡ Muérdeme, muérdeme las orejas!
-- Tus pendientes, perlas, saben frescos sobre mi lengua.
-- Tu barba dura acaricia mi cuello, tus manos fuertes acarician mis caderas. ¡Atiende a mis palomas!
-- Tus palomas se acurrucan en mi bosque, pican mi trigo. Mi escorpión se despierta.
-- No es un escorpión, sino fuente de exquisita ambrosía, esencia de flores silvestres. Tu olor es a tomillo y jara seca.
-- Voy a perderme en la selva húmeda de tus caderas hacia la cueva útil de la vida.
-- Camina primero por los alrededores, perfuma con tu aliento mis rodillas.
-- Suaves como la seda, fuertes como columnas de nácar.
-- Despójame de tapujos. Deja libre mi libertad.
-- Sube a la mesa y ayúdame en el empeño.
-- No sueltes mis manos. Mis manos no pueden desprenderse de tu espalda.
-- Mi lengua desciende por las pendientes divinas en busca del arroyo claro.
-- Sube al monte, baja al llano, enreda en la floresta hasta encontrar la fontana de jade.
-- Tus manos sobre mi cabeza, tus dedos cardan mi pelo...
-- Tus manos sobre mis nalgas: enarco mi cintura para ofrecerte mi cuenco.
-- Descansa tus pies sobre mis hombros, saboreo tus licores, veo tu emblema, huelo tus perfumes, palpo con mi lengua como se abre el libro de las delicias, en las yemas de mis dedos despiertan aún más tus pezones.
-- No hables, amor, no hables, que tu lengua no malgaste el tiempo. Sube a la mesa, descansa en mi pecho tu árbol que mis palomas quieren anidar en él.
-- Que tus pichones engoren mis huevos hasta que fluya la alegría de la vida.
-- Ahora calla. Mi boca se ocupa de tu simiente y tu boca sacia la sed en mi pozo. Que tus manos descansen en mis muslos y las mías en los tuyos. Así unidos conoceremos nuestros secretos.
-- Quiero volver a tus labios. Juntar nuestras bocas. Jugar un cuerpo a cuerpo hasta alcanzar la victoria final.
-- Corre, amor, mi lengua anhela tu lengua.
-- Entro en ti a golpe de tambor. La paz se consigue abrazados.
-- Boca con boca, pecho con pecho, espoleemos el corcel del deseo.
-- Cabalgo por el mejor de los caminos.
-- No tengas prisa, amor, el sol brilla alto y no es él quien ciega mis ojos.
-- Saltemos todas las vallas. Los caballos galopan al unísono. ¿Oyes los cascos en tu pecho?
-- Quiero saltar el último obstáculo, no aguanto más la angustia de la llegada.
-- Bebamos juntos el trago del dulce vino.
-- Derrama en mi tu botella, llena mi copa hasta que rebose.
-- Brindemos ahora, apuremos la copa.
-- ¡Qué borrachera!
-- ¡Qué embriaguez!
-- Descansemos nuestros sudores, gocemos del reposo.
-- Mañana brindaremos de nuevo.
-- Mañana andaremos nuevos caminos.

viernes, abril 18, 2008

EN LA CARRETERA

Esta aventura la encontré en un cuaderno de viajes de los que suele llevar Petronilo Marceliano Tardón en el bolsillo. No creo que sea veredad, pero posiblemente fue en una moto y lo penso y estoy segura que lo del auto stop es cierto. ¡Tendríais que conocer a Tardón!
Paula Marta Temprano, periodista
EN LA CARRETERA



Jack Keruac murió y Cela ya también, sin embargo andar por esos caminos sin rumbo permanece como un placer divino al alcance de casi todos los humanos desde los tiempos de Homero y Ulises. Vagabundear días enteros con una mochila repleta de sueños y la imaginación libre, desentumece músculos, acostumbra la vista a los grandes horizontes y entretiene la mente en las cosas menudas por cualquier vereda nueva. Ahora bien, las largas andaduras en solitario acaban produciendo un tedio que conduce inexorablemente a desear el punto de partida.
Algo de esto me ocurrió en cierta ocasión. Había tomado ruta y caminaba por los riberos del Tajo allá en Cáceres donde el río se atrinchera y sus aguas se tranquilizan en pantanos. Había recorrido unos veinte kilómetros: cinco horas a buena marcha. Había parado sólo para comer un poco y beber de la cantimplora. El cansancio y el aburrimiento amenazaban. El silencio de la soledad, se dejaba oír. Me encontraba en un punto medio de difícil vuelta atrás: diez kilómetros de la meta y veinte de la salida, un punto de no retorno, ni en el espacio ni en el tiempo porque los caminos, una vez iniciados, no permiten la vuelta atrás.
El lugar, el idóneo para escuchar el canto de las sirenas, un puente sobre el río Almonte cuando sus aguas, siempre tranquilas, se embalsan en las hondonadas, frente a un cerro pobladísimo de encinas en medio del agua, en forma de peludo monte de Venus.
Me paré a contemplar el singular cerro. El puente se me antojaba unas bragas a media hasta. Me soñé barco hacia los sótanos de Victoria Abril en aquella inolvidable película de Almodovar. Terminé de cruzar el puente. Me senté en un pretil para seguir admirando aquellos muslos de agua, mansos y cálidos. A falta de chaise longe, recostado voluptuosamente sobre la propia piedra, entoné con Sara el fumando espero...
Con cierto sentimiento de derrota decidí a pedir auxilio a cualquier vehículo que pasara. Sin renunciar a la aventura del caminante, incorporaba el factor suerte a mi odisea. La paz absoluta, los coches escasísimos. Paró una moto de gran cilindrada guiada por alguien totalmente vestido de cuero negro. Una persona alta. Levantó la visera y aparecieron unos hermosos ojos negros, muy penetrantes, encuadrados en unas briznas de pelo negro. No había labios, no había nariz, sólo aquellos ojos negros...
--Sube- casi ordenó- y ponte el casco que hay detrás.
Obedecí agradecido.
--Soy mal paquete y tengo poca experiencia en montar en moto -me disculpé de antemano.
--¡No importa! agarrante fuerte a mi cintura. Cuando estés listo avisas.
La voz sonaba suave a pesar del aspecto fiero y neutro la vestimenta. Subí a la moto, coloqué el macuto a mi espalda. Me sentí seguro y cómodo.
-- Estoy listo.
-- ¿Vas a gusto?
-- Sí
-- Agárrate sin miedo a mi cintura. Nos vamos.
Un fuerte acelerón y la moto comenzó a moverse. La sensación de viajar en este tipo de vehículo es muy singular, al menos para mi que no acostumbro a utilizarlo más que cuando alguien me invita con insistencia.
Apenas iniciado el despegue recibí una recomendación, que, como anteriormente, más bien semejaba un ruego imperativo y agradable de cumplir.
-- Mete las manos en mis bolsillos laterales. ¡Te vas a helar de frío! Me gritó.
Obedecí otra vez. Mis manos pasaron de la intemperie a la calidez de los interiores. El frío sin embargo no me permitía distinguir qué tocaba. A medida que pasaba el tiempo, poco en realidad, advertí que no había prenda alguna sino piel suave y viva sin tejidos intermedios. Tímido, permanecía con las manos quietas y un tanto crispadas, quizás por el miedo a la velocidad de la moto por los riberos. Resucitado el tacto, fui tomando confianza y moviendo lentamente mis dedos. Hacia arriba, éstos encontraron las cálidas curvas de unos pechos acogedores. No hube de avanzar mucho para tocar las rugosidades granulosillas del peciolo erguido. La mano izquierda aventurándose por bajo de la cintura, encontró la simpatía de una suave vellosidad no excesivamente abundante. Logrados estos puntos referenciales, me agazapé. No moví más los dedos. Mi atrevimiento me parecía suficiente si consideramos que la velocidad superaba los ciento treinta kilómetros por hora.
Quizá fuera entonces, al advertir mi inseguridad en sus interioridades, pero al mismo tiempo mi curiosidad y afición, cuando sonó de nuevo aquella voz , ahora ya cantarina para mis oídos, en el tono de siempre.
-- El pantalón dispone de una cremallera por atrás, puedes hacer uso de ella.
Abandoné el tacto de las redondeces pectorales para comprobar la información. En efecto, por atrás había una cremallera que abrí hacia adelante. La voz facilitó la acción inclinándose hacia los manillares. Mi mano izquierda sintió el fresco del aire que entraba por la ventana recién abierta. Desde allí procuré una mayor apertura pero tampoco excesiva. Igualmente, una vez el campo expedito, descorrí la apertura delantera de mis pantalones y puse a disposición de aquel culo ese trozo de carne mío que a pesar de la velocidad y los inconvenientes de las posturas se había desarrollado de manera armónica y funcional.
Quien conducía, habiendo vivido sin duda situaciones similares, facilitó la acción. Se inclinó lo suficiente hacia adelante como para permitirme que jugara a gusto en el cuarto trasero. Mi mano derecha de nuevo en su falso bolsillo tocaba el violón en un aficionado piccicato.
Alcanzábamos las tejas de Cáceres y la moto no bajaba de velocidad. Hubo de llegar un semáforo para que yo, aprovechando la inclinación y la breve parada, colocara con entusiasmos y tino mi astil en el ojal.
-- ¡Date prisa, que nos queda poco camino! -me animó.
Así lo hice. Ya en materia, no había necesidad de moverse más que lo que marcaba la marcha de la máquina. Mi mano derecha jugaba entusiasmada con dos pezones crecientes e hinchados, mientras mi mano izquierda se perdía en la selva acariciando un tronquito que crecía junto a un lago frondoso. Mi estaca hurgaba en aguas profundas.
Junto a la plaza de toros sentí un escalofrío por la espalda. La moto realizó un quiebro espasmódico recuperando al instante su normal línea recta. Mi punto de destino se acercaba: había comentado mi deseo de quedarme junto a la fuente luminosa de Cánovas, una especie de homenaje de mi juventud a tantos pasos. El viaje además de cómodo había resultado gratificante.
La moto dobló por la avenida de San Pedro. Paró junto a la fuente. Saqué las manos y cerré su cremallera y la mía. Me apeé con la mochila a cuestas. Quería despedirme al menos con un beso sino con una cita. Me quité el casco,
-- Dame un beso dije, y dime como te llamas.
-- Mario. ¿A que no está tan mal hacerlo con un operado? -me contestó aún con la cara tapada y sin dejarme ver sus labios.
Cánovas arriba, en dirección a la estación del tren, revivía la reciente e increíble aventura. Vi como una antigua novia se peleaba con dos chiquillos, al parecer hijos suyos. Nos dimos un abrazo y tomamos juntos un café. Henry Miller tampoco descansaba...

domingo, abril 13, 2008

LA DOCTORA

Otro relato de los que rescató Paula Marta Temprano de las viejas y sudadas libretas de Petronilo Marceliano Tardón, es La doctora. Los visos de realidad parecen escasos, pero en unas notas encontradas en la página contigua a la narración, PMT había escrito: "suceso real: ojo con los nombres propios." De donde podría colegirse que a pesar de la aparente inverosímil, quizás todo sucediera como secuenta.
LA DOCTORA


Aquella doctora me radiografió con la mirada.
-Siéntese -ordenó seca.
Buscó un formulario de respuestas. Mi dolencia, sin mucha importancia aparentemente, consistía en molestias sobre una rodilla, causadas quizás por algún golpe o algún esfuerzo excesivo.
La doctora, según otros enfermos, se mostraba distante y profesional con los pacientes. No gastaba más palabras de las necesarias. Algunos opinaban de ella que era dura.
Cuando hube contestado a una serie de preguntas sobre las características de mi sufrimiento, el grado de giro de mi pierna, la hinchazón de la parte enferma, volvió a ordenarme.
-¡Póngase en pie y camine! ¿Es usted muy tímido?
-No en exceso -contesté.
-Pues quítese los pantalones y camine como si fuera usted una modelo, como si anduviera por una pasarela, como si llevara tacones.
Lo intenté, pero no salí muy airoso. La doctora me volvió a increpar.
-¡Más decidido, más elegante, hombre, que no es un inválido!
Volví a recorrer la sala con la mejor intención pero no a gusto de ella, tal vez así no podía calibrar del todo donde se alojaba el mal ni el grado del mismo. Se puso en pie enérgicamente. Se levantó la falda hasta la cintura y de esta guisa, dándome la espalda, recorrió los cinco metros de la sala cumpliendo exactamente lo que me ordenaba. Se subía sobre unos leves y anchos tacones, cruzaba las puntas de los pies dibujando una línea recta, movía las caderas con garbo, en un andar suave como el de los gatos. Lógicamente, asombrado por su proceder, obnubilado por la textura de su carne y por la poca ropa que le cubría, - apenas una ligera raya negra que se hundía en lo más encrespado del valle, hijo de aquellas dos montañas gemelas, como un mínimo río- no me fijé tanto en las rodillas, pero parecía que no las doblaba. Cuando se dio la vuelta reparé en el pantano, también negro, sobre el que desembocaba- "¿por qué acequia escondida/ agua vienes a mí?" recordé a Machado- aquel hilo prometedor de la otra cara. De vuelta, caminando hacia mí de la misma manera, impertérrita, elegante, con una mano sobre la cintura, como los toreros hacen el paseillo, la cabeza alta, advertí que la punta de los zapatos no era fina, zapatos cómodos. No llevaba medias.
-Ande usted así que yo vea como mueve usted las caderas igual que ha visto usted las mías -volvió a ordenar-. Es muy importante porque observaré si una pierna se le ha quedado más larga que otra o la lesión es solo superficial.
Me miraba a los ojos mientras se explicaba. Yo, sin embargo me distraía con unos pelillos rubios largos pero no muy abundantes, que jugaban a salirse entre los calados de las bragas negras. ¿Era rubia y se teñía el pelo de la cabeza, o era morena y se había teñido el bello púbico?
-¡Míreme!
Se giró y volvió a caminar parsimoniosa y decidida sobre la línea recta, la falda levantada, movía de forma cadenciosa y en equilibrio perfecto ambas nalgas. Cuando llegó al fondo del despacho, se inclinó hacia adelante para tocar la punta de sus zapatos con la punta de los dedos de las manos sin flexionar las rodillas.
Tanto espectáculo me había levantado el orgullo. Me llamó de nuevo.
-Acérquese aquí y flexione las rodillas.
Mi tipo no es precisamente atlético, las rótulas de mi espalda dan para poco juego y mis manos no llegaron mucho más abajo de las rodillas. Ella me ayudó. Tomándome por detrás los brazos y echándose encima de mí intentaba influir para que mis flexiones fueran más correctas. En uno de los intentos rozó mi ánimo, supongo que sin intenciones, de manera delicada.
-Fíjese de nuevo en mí -dijo.
Esta vez apoyaba las manos sobre la estantería metálicas y estiraba las piernas casi abiertas en compás. Yo me fijé en el abultamiento oferente. Con un leve movimiento de dedos descubrí el lago cubierto de juncos lacios. Puse mi bomba en su sitio por donde entró con facilidad en la cálida incertidumbre. Ella suspiró. Mis manos jugaron sobre la blusa y sentí como el viento del suspiro erizaba los puntos altos de los montes gemelos. Mordí con suavidad el cuello. Un bombeo más y sentí como sus rodillas se flexionaban. Las respiraciones, ya casi acompasadas, caminaban hacia el huracán. Mis rodillas se doblaban: no sentía ninguna molestia. Salí. Ella me miró a los ojos y yo a ella. Apenas nos rozamos los labios. No nos habíamos despeinado.
-Puedes vestirte -volvió a ordenarme.
Mientras me puse los pantalones ella se colocó el vestido.
-Siéntate.
Obedecí de nuevo, un tanto acalorado. Su rostro apenas denotaba emoción alguna a no ser por ese rubor exquisito de manzana madura en sus mejillas.
Continuó con el protocolo. Tachó las casillas correspondientes y escribió algo al final. En otro papel escribió una nueva orden para otra revisión de coyuntura.
-Vete ahora mismo y que te hagan una radiografía. La rodilla, al parecer no está mal del todo pero es necesario repetir el examen con más datos.
Yo sólo pude preguntar:
-En tu casa o en la mía.
-No, No, -contestó ella con energía-, aquí, en la consulta, y a la misma hora dentro de dos días.

23 y 27 de agosto,

viernes, marzo 28, 2008

ENCUENTRO CLANDESTINO EN CUENCA


Otro de los relatos que salvé de los cuadernos de Petronilo Marceliano Tardón fue éste. El título que el bohemio escritor le había colocado es el que aparece bajo estas líneas, pero creí más interesnte acercarlo al lector con el título de "Encuentro clandestino en Cuenca". El adjetivo "clandestino" seduce por lo oculto y al mismo tiempo ambíguo significado. Vean, curiosos lectores y lectoras como las más dífíciles de las misiones políticas pueden terminar en gozosos encuentros.
Paula Marta Temprano.
LA CUESTIÓN DIPLOMÁTICA


Cuando me encomendaron aquella gestión yo no sabía con quien me encontraría. Se trataba de conseguir un pacto muy delicado entre los dos partidos políticos en un tema determinado y en una comarca determinada. La ambigüedad es comprensible y la discreción con que había que llevar las conversaciones, también. Creo que por eso me eligieron a mí. No soy un militante destacado ni entregado al partido, me ha gustado siempre influir en las sombras y no suelo aparecer en fotografías ni ocupo un puesto importante.
Un alto cargo me había invitado a comer un día y me encargó la misión. Me aseguró que los otros también gestionaban las condiciones para que nos reuniéramos y expusiéramos claramente lo que deseaba el otro partido. La misión, delicada, como he dicho antes, necesitaba de mucha discreción. Me dieron un número de teléfono y yo llamé. Me contestó una voz de mujer, una voz suave pero rotunda, un poco como los vinos de Rioja: terciopelo puro.
-Llamo de parte de Guerra.
-Soy Paz -dijo.
-¿¡Coincidencia, no!?
-No está mal
-Ya sabes por qué te llamo, ¿no es así?
-Efectivamente. No es precisamente una cita de amor.
-Tal vez por eso todo salga bien.
-Eso esperan de nosotros, ¿verdad?
-Efectivamente.
-¿Qué te parece el próximo viernes en Cuenca?
-No está mal.
-Comemos en el mesón de la plaza.
-Poco discreto.
-Entonces en el Parador.
-A cenar.
-Si tú quieres...
-Me han reservado ya habitación.
-¿Qué he de hacer yo?
-Reservar otra.
-De acuerdo.
-En el segundo piso.
-¿Pregunto por Paz?
-Inscríbete como Guerra.
-Recurrentes los nombres...
-Déjalo. Hasta el viernes.
Hice tal como acordamos. Llegué a Cuenca. Subí a la plaza, y me acerqué hasta el Parador, un caserón antiguo perfectamente acondicionado como hotel. Aunque no había hecho reserva, no tuve ninguna dificultad para contratar el hospedaje. La temporada de turismo había pasado. Me temía una noche de trabajo. La voz de la mujer me había sonado, suave y rotunda, pero como el vino, quizá se subiera a la cabeza y no me dejara dormir en toda la noche. Me sospechaba una noche dura.
Me acompañaron hasta el segundo piso. El pasillo, silencioso, totalmente desierto. Yo sabía, no obstante, que una de las habitaciones estaba ocupada. Entré en la habitación que me indicaron, amplia, limpia, bastante impersonal y fría como la de todos los hoteles. Comprobé el minibar repleto de bebidas: güisqui, ginebra, refrescos, cava. No tomé nada. Me desnudé y me preparé un baño. Me afeité. Me puse unos calzoncillos cómodos: me acordé de aquello que un actor preguntaba en una película: "¿Te imaginas a Henry Miller en slip?" no sabía con quien me encontraría y había que prepararse para cualquier circunstancia. Después me puse la camisa. Sólo llevaba esa. Azul celeste, discreta y elegante. Había escogido una corbata de seda verde y azul que a mí particularmente me gusta mucho. Hacía años que la tenía y pensaba que me daba buena suerte. ¡Cuestión fetichista! Me coloqué los pantalones. Lanilla suave. Azul marino, cómodos. En mangas de camisa, abrí sobre la mesa la cartera y eché otro vistazo a los papeles. Faltaba aún una hora para el encuentro. Debía concentrarme y descansar. Posiblemente la otra persona repitiera casi paso por paso mi comportamiento. Allí estaba el esquema de la estrategia. Sólo la estrategia. Del tema no debía quedar ni una sola muestra. Esa era la condición: nada firmado, nada por escrito, acuerdo verbal entre partidos. Un toma y daca que daría los frutos apetecidos en otro momento y en otro lugar, pero eso, ya no nos correspondía a nosotros.
Me tumbé sobre la cama. Me relajé. Cuando faltaban cinco minutos, me puse la chaqueta. Había que prepararse. Sonó el teléfono. Lo cogí. Volví a oír la voz con sabor a terciopelo.
-¿Estás listo?
-Cuando quieras -contesté.
-¿En tu habitación o en la mía?
-Cenamos primero. Nos vemos ahora mismo en el ascensor.
-De acuerdo.
-Cuelgo y salgo.
Yo hice exactamente eso. Ella también. Las puertas se abrieron casi de manera simultánea. Ella caminaba delante de mí. Su silueta se recortaba en el contraluz. Llevaba zapatos de tacón y unas piernas elegantes. Las caderas, voluminosas, marcadas por un traje sastre, se cerraban en una fina cintura. Media melena. En el ascensor conocí su cara. Rubia, ojos claros, nariz recta, labios carnosos, pómulos a lo Rita Haywort. Vestía de negro. Me sentí Humphrey Bogart. Sólo tenía entre sus manos un mínimo bolso. El ascensor fue para nosotros solos.
-¡Hola, tú eres Paz! -saludé.
-¡Hola, tú eres Guerra! -contestó.
-Encantado -tendí la mano.
-Tanto gusto -me la estrechó.
Tenía fuerza. Era una mano suave pero firme. Mano que no necesitaba guante para ser de acero y acariciar. Bajamos en silencio. Nos dirigimos al comedor en silencio. Nos sentamos en silencio. Nos trajeron las cartas. No soy excesivamente gurmet pero me gusta comer bien y regar las cenas con buen vino. En la ocasión pensaba en una cena muy ligera y en ausencia total de licores. Ni la más mínima sombra debía pesar sobre mi cabeza durante las conversaciones con mi compañera de mesa. Semioculto por la carta, levanté los ojos para mirarla de frente. Era muy hermosa. Leía atentamente la oferta. Me vino otro símil cinematográfico: ¿terminaríamos jugando al tute?
-¿Qué vas a tomar tú? -preguntó Paz.
-No lo he decido todavía, pero algo muy frugal: unas sopas y algo de pescado.
-Me apunto también a eso.
-Veo que te gusta comer.
-La buena mesa hace a la gente más generosa.
-Aquí en Cuenca hay una buena cocina.
-No conozco Cuenca.
-¡Qué lastima no haber venido en otra ocasión con más tiempo! Te hubiera enseñado gustosamente El Museo de Arte Abstracto.
-Yo soy más clásica, no disfruto en exceso con las rayas y las manchas en los lienzos.
-Bueno, porque no conoces este museo. Te mostraría una ventana y te preguntaría ¿qué ves una pintura o la calle? Te garantizo que no es sencilla la respuesta. A partir de ahí se aprecia la mezcla de colores.
-Será así, pero no creo que me gustara en exceso.
-¿Sabes que Cuenca fue el regalo de un rey a una princesa de la que estaba enamorado? -ataqué yo por el lado romántico para derretir el hielo de aquella rubia que, aunque de nombre Paz, aparentaba llevar fuego en las venas.
Nos habían servido la sopa, una sopa de ajo, sencilla pero riquísima, y andábamos aún tentándonos el uno al otro. Ella había descubierto que me gustaba comer y beber, cosa difícil de disimular, pues ciertamente no luzco un cuerpo atlético, aunque tampoco ofrezco una barriga desorbitada. Yo de ella sólo sabía que le gustaba vestir con elegancia, que usaba perfumes caros, y que, según decía, no le gustaba el arte abstracto, detalles tópicos de las mujeres de su partido. Era hermética y granítica, no cabía la menor duda. Ensayé el camino de la música.
-Otra cosa interesantísima de Cuenca es la Semana Santa y los conciertos. Es extraño que no hayas venido nunca.
-Me gusta la música pero no soy melómana como para viajar ex profeso. Siempre encuentro otras ocupaciones. En semana santa solemos ir a la playa.
-¿A qué playa vas?
-Tenemos una casita en Mazarrón.
Colegí que se refería a su matrimonio: su escasa religiosidad, sensibilidad plana para todo lo que se refiriera al arte. Sería una de estas mujeres pragmáticas que se han empeñado en subir cuando el marido les ha ido dejando solas. Lo cierto es que ni ella sabía nada de mi ni yo de ella. Faltaba muy poco para que nos encerráramos en una de las habitaciones a tratar asuntos difíciles y a duras penas nos considerábamos el uno al otro algo más que el nombre, contando que los nombres fueran verdaderos.
-¿Estás casada? -ya sabía la respuesta, pero quería la de ella. Una señal, mínima ciertamente, apenas un hoyuelo circular en el dedo indicaba la existencia de una sortija.
-Sí, sí -contestó muy rápido como si le hubiera cogido en un renuncio y ella hubiera reaccionado desde dentro. Dominaba los nervios y era lista.
-Yo también -confesé.
Nos habían traído el pescado que, sin ser de una calidad extraordinaria, nada comprable con la sopa, también estaba apetitoso. Llegábamos al final de la cena.
-¿Café?
-Sí, sí -le gustaba el monosílabo repetido.
-Y una copita de resolí-insinué.
-Eso no.
Dudaba ahora si invitarla a dar un paseo por la parte alta de la ciudad hasta la Universidad Menéndez Pelayo o entrar directamente al toro, terminar cuanto antes e irnos a dormir. El paseo me apetecía a mí y a ella quería relajarla. La pregunta sobre el matrimonio le había despertado demasiado las antenas y mantenía en tensión todas las defensas, convenía destensar las cuerdas de los arcos para evitar que las flechas fueran mortales. Ambos sabíamos que debíamos llegar a un acuerdo, pero ignorábamos qué tendríamos que ceder. Ambos sabíamos que los límites eran amplios. Si ambos salíamos contentos, habríamos ganado los dos y nuestros partidos, si por el contrario, el uno hacía morder el polvo al otro, aún con el acuerdo aprobado, ambos, de manera personal, los dos, perderíamos mucho.
-¿Te apetece que demos un paseo? -propuse.
-Mejor lo dejamos. Vamos a trabajar. Tal vez mañana tengamos aún ganas y me puedas mostrar esas maravillas de Cuenca.
-La dama manda -accioné con la mano. Ella se levantaba.
El comentario hacia el día siguiente me pareció esperanzador. Decidimos entrar en mi habitación, después de considerar ambas opciones. Ella ofreció la suya, pero advertí que deseaba entrar en la mía. Quería estudiar lo que había sobre mi mesa. Yo imaginaba que la suya presentaría un estado parecido al de la mía: nada a la vista. Por eso acepté que la reunión se desarrollara en mi terreno. Le proporcionaría folios. Facilitaría la remota posibilidad de producir un documento escrito. La mesa redonda y la luz del flexo de lectura de mi habitación nos sirvieron de testigo. Abrí mi cartera y le alargué unos folios en blanco y un bolígrafo. Si escribía o dibujaba mientras yo hablaba, si jugaba a eso, me proporcionaría alguna pista sobre su estado de ánimo y serviría a mi estrategia.
-Vamos allá -comenzó.
-Empieza tú misma.
-Pues bien, como sabes...
Ella habló, yo hablé, ella replicó, yo repliqué, ella arguyó yo argüí, y paso a paso, sin ceder, pero sin perder el norte, ella dura, yo también, llegamos a las tres de la madrugada -nos habíamos encerrado a las once y media- cuando los dos dijimos al unísono.
-¡¡Eso es!!
Repasamos con exactitud y sin falsas interpretaciones durante media hora los puntos comunes y las cesiones hechas para fijar totalmente el acuerdo. Nos levantamos de la silla y nos felicitamos. Esta vez nos dimos un beso en la mejilla.
-Bien, ¿me permites que te invite a cava?
No esperé la contestación. Había abierto el minibar y descorchaba un benjamín que escanciaba en las dos copas que encontré en el frigorífico.
-¡Por los acuerdos! -alargué la copa.
Ella la tomó y la inclinó sobre la mía hasta que el cristal sonó.
-¡Por los acuerdos!
Ambos bebimos. Permanecíamos de pie porque a los dos nos apetecía estirar las piernas después de tan larga sentada.
-¡Por nosotros! -brindó ella espontáneamente.
-¡Por nosotros! -contesté yo.
Se había transformado. Se había moderado. Levantó los brazos y puso sus manos sobre la nuca en un gesto bastante descuidado, lejano al excesivo protocolo mantenido hasta el momento.
-Parece que ha salido bien -comenté.
-Eso parece, sin embargo yo tengo la sensación de haber hecho algo mal.
-¡Pero lo acordado, acordado está! -me alarmé.
-¡Efectivamente, eso ya no hay ya quien lo mueva, pero tengo esa sensación! Como cuando, de niña, hacías alguna travesura y la escondías para que nadie supiese que habías sido tú y luego tenías cargo de conciencia. ¿A ti no te pasa? ¿No sientes que hemos engañado o no hemos terminado correctamente los deberes? Esa es la sensación que tengo.
-¡La conciencia cristiana! Pero tú conoces con seguridad que las conciencias con el tiempo y el ejercicio se van transformando, ensanchan hasta convertirse en lasas.
-A mi no me gustaría pasar por ahí, y ese es el dolor.
-¡Bueno, bueno!, ¿de qué te quejas, de que hemos terminado enseguida?, ¿de que no han existido grandes desacuerdos?
-Quizá sea eso. El tema para mi gente es un tanto peliagudo, vosotros lo tenéis más fácil.
-Reconoce que se trata de algo capital
-Lo reconozco y estoy de acuerdo en todo, pero deja que te diga que tengo esa sensación extraña...
-Eso se arregla con otra copa de champán.
-¡Venga! Una vez que se empieza a pecar, antes de confesarse, hay que disfrutar del pecado, decía una compañera mía de colegio.
-Sabía entender la vida esa compañera tuya.
-Por la mínima sospecha el confesor te ponía la penitencia muy cuesta arriba.
-¿Ah sí? ¿Cuántas avemarías te mandaba?
-¡Eso era lo de menos! En las clases particulares sacaba a relucir los pecadillos y te zurraba bien la badana.
-Pero ¿cómo, rompía el secreto de confesión?
-¡No hombre, no! ¡Era más sutil! Decía, por ejemplo: “¡Ángela ha estudiado poco durante el sábado y el domingo, se nota en los trabajos. Ángela ven acá!...” ¡ Ten cuidado!
La última exclamación me la dirigía a mí que llenaba su copa y el cava chorreaba pegajoso por sus dedos...
-Disculpa.
-No es nada... ¡Pero nos vamos a poner!...
-Sigue contando lo de Ángela.
-Colocaba la cabeza de la chica entre sus piernas, le tapaba la cara con la sotana y le daba unos buenos azotes en el culo, allí, en medio de la clase...
-¿Y a ti?
-¡A mí y a todas, allí no se escapaba nadie!
-¿Y qué edad tendríais?
-Entre doce y catorce años...
-¿No os daba vergüenza?
Paz permanecía de pie, yo me senté en la silla que ocupaba mientras trabajábamos.
-Lo veíamos normal, como todas éramos chicas y nos tocaba a todas... Recuerdo una tarde de domingo que me pilló en la plaza, saliendo del baile. El lunes no me dijo nada, pero el martes cuando me entregó el cuaderno, me comentó: “¿Ves Paz cómo no se puede vivir en las nubes? Resides in cornibus lunae, pero te voy a traer a la tierra.” Metió mi cabeza entre sus piernas, me levantó la falda y me puso el culo como un tomate por haber escrito hierba con "v".
-¡Por haber escrito hierba con "v"! ¡Vaya con el cura!...
-¡No creas! ¡Me gustó, he de confesar que me gustó! Aquel hombre tenía mucho carácter y a todas nos ha hecho mujeres independientes... Te diría que todas guardamos un especial cariño por él.
-Si todas habéis salido como tú, ¡qué duda cabe! ¿Y ahora también te han pillado saliendo del baile?
-Nos pueden pillar a los dos.
-Voy a tener que hacer yo de cura y ponerte la penitencia.
-Tú no sabes, buena pinta de curas tienes tú.
-Fui seminarista. A mí también me pegaba una maestra en el culo.
-¿A ti? ¡No me digas!
-Era una maestra relativamente joven. A los muchachos no nos daba escuela, pero nos preparaba para la comunión. Era muy beata. Y cuando no nos sabíamos el catecismo hacía como tú dices. Nos metía la cabeza entre las piernas y nos daba en el culo. Y a mí, como a ti, también me gustaba. Ella no se levantaba de la silla. Decía, "¡Fulanito, ven aquí!" Te preguntaba la lección que había que contestar al pie de la letra, si fallabas una palabra, ¡azotes! Aún recuerdo la última vez que me pegó. Se levantó un poco la falda y mi cara quedó allí atrapada entre sus muslos. Me gustaría volver a oler allí. Cuando me dio con la mano en el culo, se me supo tiesa, y ahora recordándolo también. Ella se dio cuenta y no volvió a pegarme con la mano. Desde entonces lo hacía con una regla, pero metió muchas veces más mi cabeza entre sus muslos.
-¡Vaya, si ahora resulta que te va a gustar la disciplina inglesa!
-Depende del ama.
La miré directamente a los ojos. Paz, con la copa de champán mediada, se había sentado en el borde de mi cama. Me levanté, llené su copa y la mía, bebimos ambos. Yo de pie, ella sentada. Sin hablar una palabra, cogí su copa y junto con la mía deposité ambas sobre la mesa escritorio. Volví hacia la cama. Me senté al lado de Paz. Sin pronunciar palabra, sujeté su cabeza y la volví sobre sí misma. Su cara quedó entre mis piernas. Sus rodillas dobladas en el suelo, su media melena derramándose sobre mis piernas. Levanté la falda y sus nalgas quedaron al aire apenas cubiertas por la tenue seda de las bragas negras. Sus muslos, encuadrados en los tirantes del liguero, pedían el ritual de los azotes. Fui comedido. Dos palmadas en cada una de las cachas bastaron para que tomaran el color de mejillas arreboladas. Un suspiro de Paz indicaba que el castigo había sido suficiente. Ella se levantó airada. Yo temía lo peor: una denuncia por malos tratos, si bien suponía que nuestra delicada situación no le permitiría alegrías de ningún tipo. De pie, me increpó:
-¡Tú tampoco has aprendido la lección! ¡Muy aplicado, mucho hacer los deberes, pero deprisa y corriendo! ¡Tú también mereces un castigo! ¡¡Levántate!!
Como yo la mirara perplejo y un tanto admirado, insistió.
-¡Levántate, vamos!
Obedecí sumiso. Sabía de su fuerza, pero tanta energía, me sorprendió.
-¡Quítate los pantalones, deprisa!
Sentada sobre la cama, con las piernas entreabiertas y la falda un poco por encima de las rodillas, levantó los brazos y mi cara se sepultó más abajo de su regazo. Percibía el calor de la carne y ese olor propio de la feminidad bien administrada. Ese perfume suave me transportó a otros años y sentí crecer, ahora que yo también me encontraba de rodillas y humillado, el más robusto árbol de mi bosque.
-¡Y además desobediente! ¿Eh? -le oí mientras deshebillaba mi cinturón y tiraba hacia a tras de mis pantalones, como si pelara un plátano-. ¡Te había dicho que te quitaras los pantalones, como no sabes obedecer, aprenderás lo que es bueno! ¿Pero qué veo?, ¿calzones largos?, ¡abajo también!
Con todo el culo al aire me sentía excitadísimo, pero incapaz de moverme ni de reaccionar. Sentí la llegada de la palma caliente, una y otra y otra vez, al tiempo que se me endurecía más y más la parte cantante. Debió ser en aquel momento cuando suspiré o me quejé del ejemplar castigo, pero noté que mi boca tocaba el ángulo agudo aún cubierto. Aparté hacia un lado aquel trapito y adentré mi lengua como embajadora de otros elementos en la casa desconocida hasta entonces. La embajada fue bien recibida. Supe que las puertas se abrían de par en par y que inmediatamente las relaciones diplomáticas se pondrían en marcha y mi otro extremo recibiría honores de ministro plenipotenciario. Paz cayó de la cama y sus piernas se retorcieron en torno a mi cuello. Sentí el cosquilleo de su melena entre mis muslos y la cara cerca de mis reservas. En este número retorcido, las manos cumplían el papel de tropas expedicionarias que despejaban el campo de cualquier impedimenta. Ahora eran los volcanes, erectos picachos de nieve derretida, los que quemaban las caras internas de las columnas de mi imperio. Mantuvimos las maniobras conjuntas y paralelas hasta que el derrumbe de ambos bandos se presentía inminente. Se repetía la batalla anterior. Nadie cedía un palmo de terreno aunque ninguno de los dos queríamos que la hecatombe llegara. A punto de estallar sendas bombas atómicas, reorganizamos los ejércitos y ambos comandantes nos vimos las caras. Miré hacia el champán que burbujeaba expectante frente a la batalla. Pero ambos contendientes entendimos que era preferible el fuerte y tierno abrazo. En él nos fundimos en una larga y excitante noche que había comenzado con una total desconfianza...
Velilla, 23 de noviembre, 1997.

lunes, marzo 17, 2008

POR LA VEREDA NUEVA: Mi amiga de verano

POR LA VEREDA NUEVA

por

Petronilo Marceliano Tardón

NOTA DEL EDITOR

Acorde con la tradición de la Editorial Tal Vez, y a sugerencia de Vereda Nueva, la joven periodista Paula Marta Temprano, rescató de los caóticos archivos del viejo escritor Petronilo Marceliano Tardón los cuentos que hoy ven la luz. Es necesario advertir que nada tiene que ver PMT en la temática, subida de tono en ocasiones, aunque sí en la forma, intachable como todo lo que ella escribe. La responsabilidad última sobre el resultado es exclusiva

del editor.

P.M.T.

MI AMIGA DE VERANO

Nos conocíamos de toda la vida. Hacía más de diez años que no coincidíamos de veraneo en el pueblo. Nos encontramos paseando nuestros perros por el campo un anochecer fresco de agosto. Ambos nos quedamos quietos, mirándonos, hasta que ella dijo:

–Dame un beso.

El primero se quedó en las mejillas, el segundo del protocolo se escapó a los labios. Yo le abracé con fuerza; ella me echó sus brazos al cuello. Nadie nos veía, los perros se olisqueaban y jugaban en el prado cercano. Mi mano se coló bajo su falda. Se apretó contra mí. La senté en la pared de piedra berroqueña. Le mordí en el cuello y ella a mí. Bajé hasta el pecho y desabroché su blusa. Ella suspiró. Levanté su falda y metí la cabeza entre sus piernas. Ella puso sus manos sobre mi pelo. Seguí hurgando. Ella suspiraba. Me bajé los pantalones. Sentí sus piernas sobre mis hombros. Busqué sus labios de nuevo.

La escena no duró más de diez minutos. Para los dos fue la segunda vez desde que dejamos colgada la adolescencia para siempre, otra tarde parecida, en una casa de heno cercana.

Llamamos a los perros. Cuando regresamos, su marido y mi mujer charlaban amigablemente tomando una cerveza en la terraza de un bar.

sábado, marzo 15, 2008

La biblioteca imposible, último capítulo:HACIENDO EL AMOR AL SON DEL OFICIO DE DIFUNTOS

Pienso en el dormitorio, pero es una habitación con las paredes forradas de libros. En medio una mesa muy desordenada repleta de papeles, colillas, restos de comida y vasos de güisqui sucios. Hay también una máquina de escribir, una vieja Olivetti. En una mesa auxiliar un ordenador muy sucio y un teléfono.

Se sienta sobre la mesa y me acerco a él. Me recibe entre sus piernas nos abrazamos y siento sus manos en mis carnes. He dejado mi timidez y las mías también hurgan bajo su ropa. El pecho, robusto, cubierto de vello, me lo imagino blanco como su melena. Su boca se ha perdido en mi pecho y miro hacia el cielo ¡tan próximo! Sus manos anda por mis muslos, llega al vértice y acarician. Mis piernas flaquean y la habitación da vueltas. Me toma en brazos y cambiamos la postura. Su cara se posa entre mis piernas y su lengua juega alegre entre mis entretelas. Yo también río. Un impulso imparable me obliga a cambiar de postura: me arrojo sobre su cinturón que desabrocho y busco allá abajo. Mi boca necesita beber. Me para.

— Un momento.- Dice, y se va.

Se acerca a un viejo aparato de música, un tocadiscos. Pero no coloca un vinilo en el plato, sino una cinta. Suena el gregoriano cantado por una sola voz de hombre. Canta en latín, un latín muy malo, macarrónico. No son Carminas, es música religiosa. Petronilo ha desaparecido. Espero cualquier sorpresa, de él lo espero todo. Aparece con dos vasos tintineantes de güisqui. Se sienta en la silla de la mesa, y como si nada hubiera pasado, me alarga uno. Abre un cajón, saca tres libretillas de alambre, libretas pequeñas de bolsillo.

— Posiblemente esto es lo que busques. Es toda mi obra, apuntes de novelas que nunca he desarrollado ni desarrollaré.

Tomo las libretas y las ojeo. De pronto me he quedado helada, fría, el fragor de hace unos instantes se ha convertido en atontamiento y desazón, en desconfianza y remordimientos, en descorazonamiento y fatiga. Remordimiento. No sé qué decir. Me siento ridícula. Como puedo coloco mi ropa. Sé que todo ha terminado.

Petronilo habla otra vez. Habla deprisa para ocupar el tiempo:

— ¿Sabes qué música suena? Es el Oficio de Difuntos cantado por el último sacristán de un pueblo moribundo. Él también ha muerto ya. La Iglesia ha desterrado, este "dies irae" de su liturgia, por tétrico. Yo creo que es lo que corresponde ahora. Acuérdate lo que decía el viejo Charles, "un sabor temprano de la muerte no es necesariamente mala cosa" y hoy, tú, vas a tener que guardar luto. ¡La gente, la vida! ¡Qué maravilla! Me gustaría estar con todas las señoras pero para mí ha llegado el dies irae. Una mujer se enamora. Una mujer casi adolescente se enamora de un viejo, más bien curiosa. Una mujer enamorada:

"—Te quiero

"—No me quieres.

"—Voy a tener un hijo. ¡Es tuyo!

"—¡Estoy de acuerdo! ¡Hay que celebrarlo!

"—El hijo no es tuyo es del otro. ¡Perdóname!

Dos terminaciones:

"—Envidia.

"—No podemos tener el hijo.

"—Generosidad.

"—Tendremos el hijo y será de los tres ¿qué más da?

No le escucho. Miro las libretas. No veo nada terminado. Me llama la atención un nombre de mujer: Alicia. El texto apenas ocupa una página que copio literalmente.

ALICIA

Alicia, traspasó su propia barrera del sonido el día que le dieron el alta en el hospital, después de permanecer interna más de tres meses porque su coche se empotró contra un árbol cuando se dirigía al trabajo. Sin avisar a nadie tomó un taxi y le dio su propia dirección. No encontró las llaves. Tocó el timbre. Le abrió una mujer un poco más joven que ella.

— Alicia ya no vive aquí.

— Yo soy Alicia ¿Donde está Vicente?

— No ha vuelto todavía, pero no creo que tarde. Puedes esperarlo en el bar de la esquina.

Alicia y Vicente habían vivido juntos dos años. Alicia antes había experimentado otro amor apasionado y tortuoso con Alejo. Alejo había terminado pegándole por unos celos sin control. Alejo murió con una botella de brandy en la boca que su padre le compró para que dejara de incendiar coches. De Alejo, Alicia se repuso como pudo. Las heridas del cuerpo sanaron antes que los sarcasmos de la hermana de Alejo, quien la culpaba del fin trágico de su hermano. Vicente ocupó el mismo lado de la cama que antes calentaba Alejo, aunque sobre otro colchón. Cuando Alicia, aún viva, regresaba del hospital, sintió como su lado, el propio, también se había ocupado.

Esperó a Vicente en el bar de la esquina. No tardó más que dos café.

— Hola Vicente. Dame las llaves de mi casa.

— Es que pensaba que no te ibas a salvar, por eso invité a Susana.

— De acuerdo, pero he vuelto y el piso lo alquilé yo. Por favor, dame las llaves. Voy a esperar aquí una hora. Cuando vuelva, no quiero encontrar nada tuyo en casa.

Fueron dos cubalibres y un nuevo planteamiento. Su corazón seguiría abierto, y sus piernas también, pero nunca más a uno sólo.

Desde entonces Alicia ha conseguido el doctorado en sociología con una tesis titulada "Casas compartidas y otras soledades", corre sin miedo en su coche a través de todas las carreteras del mundo sin que jamás se le caiga la sonrisa de los labios. Viaja sola. La compañía la encuentra en cada puerto.

El miserere ha concluido. Petronilo ha sustituido la salmodia religiosa por un sensual saxo en "Prelude to a kiss". Petronilo se ha sentado y bebe su güisqui. Yo también bebo cuando acabo de leer Alicia.

Reacciono de repente:

—Quiero acostarme contigo, pase lo que pase. – Le increpo mirándole muy seriamente, de manera que no tenga escapatoria y acepte. Se me ha ido en la entrevista pero de aquí no.

— Bueno, podemos dormir la siesta, porque otra cosa… Siempre ha sido imposible, como las novelas.

— Ya veremos qué sucede hoy. Ven.

Me acerco a él y me echo en sus brazos, le beso en la boca y le hago oler mi sexo. Cierra los ojos. Me abraza con ternura, de repente advierto una lágrima que corre por sus ojeras. Le tomo por las manos, tiro de él, le levanto y busco el dormitorio. Lo dejo tendido sobre la cama. Le quito los pantalones y él se deja hacer. Cuando ya lo tengo casi desnudo, intento ser Lady Godiva sobre éste que a mí me parecía caballo semental. No dice nada, sufre. Nos cobijamos bajo las sábanas, muy limpias y casi perfumadas, contrariamente de lo que se podía pensar. Jugamos, juego durante horas. El se duerme y mientras tanto abuso de él.

Cuando se despierta ya he preparado café. Le traigo una taza. Se incorpora. Sobre mi piel sólo una camisa de las suyas. Me llama a su lado y me acerco. Siento su calor, su ternura, su abrazo casi de padre. Espero la pregunta pero no la hay. Rompo el silencio.

— ¿Has descansado?

— Sí, muy bien. ¿Qué hora es?

— ¡Qué importa!

Me abraza y me toca y mientras habla:

— Un nuevo libro ha nacido esta mañana al cruzar el Jarama. Hay una luz muy clara, muy especial. Es una luz de invierno que parece de primavera. Incluso algunos pájaros se han equivocado y vuelan hacia el norte. Paso de la primera, cansada bandada de emigrantes... Pero a lo que íbamos, el libro para la biblioteca imposible dice así: "El orden alfabético" y bajo cada letra, que no necesariamente había de estar en el orden convencional, habrán de contarse otras tantas historias que comenzarán por cada una de las letras del alfabeto, y, bajo cada una de esas letras, otro orden alfabético que se reproduciría a sí mismo, envolvería de nuevo a otro posible libro de letras, cuyas historias podrían o no estar ordenadas alfabéticamente hasta que la espiral tapase el sol y la clara luz de esta mañana invernal confundiera otra vez a los pájaros y creyeran que era de noche... Más que un libro es una biblioteca entera... Te la brindo...

Suelto una sonora carcajada que él corea. Está alegre y yo, también. Tal vez él no sepa por qué río yo. Yo sé que es un buen amante y un buen escritor. Él ignora ambas cosas.

Se levanta hurga en la mesilla. Saca una rosa artificial envuelta en papel de celofán. Me la ofrece.

— Disfrútala recordándome.

— ¡Gracias!- Me atrevo a preguntarle- ¿Por qué vives solo y aquí?

Me mira y ahora es el quien ríe escandalosamente. Sé que no me va a contestar. Cuando para de reírse dice:

— ¡Ni lo pienses! ¡No quiero a nadie en casa! ¡No quiero hablarte de lo que pienso de la familia! Te daría para tres o cuatro libros más y, con las libretas, ya llevas demasiados proyectos.

Nos vestimos. Bajamos Don de Carlos. El ambiente de la noche del sábado es muy distinto al de la tarde. Parejas madura, gente joven, cubalibres y güisquis. Allí está Miguel Angel, las chicas que ligan con él, Carlos, el fotógrafo, Manolo Aparicio, la prima de Lola, el músico…

Don Carlos nos ve sonrientes, nos guiña un ojo, nos invita a güisqui y nos da dos cartones para el bingo.

Velilla, marzo, 2001

sábado, marzo 08, 2008

PMT versus PMT

— ¿ De los seres imaginarios cuales son tus preferidos? - Improviso para reponerme un tanto de la sorpresa por comentario sobre mis piernas y mi falda, lo único que he entendido... y él contesta a toda prisa:

—Las huríes del profeta y las náyades de ojos verdes..., como los tuyos, mi joven entrevistadora. También me gustan las musas.

Leo en una servilleta sobre la que garabatea: cuento "Sobre los espejos" Lo miro, sólo lo miro. Y él continúa:

— Se puede hacer un seminario sobre este tema: los labios de las huríes, las náyades y tus propias piernas. Un seminario reducido... entre tu y yo, solamente...

— Interesante.- Respondo.- Se ha percatado de que lo del seminario me ha llegado.

Saca otra servilleta y me la entrega. Mientras la leo Petronilo Marceliano Tardón pide cerveza. Carlos llega hasta nuestra mesa, retira los vasos vacíos. En el ambiente suena una balada. Carlos trajina y baila. Hay poca clientela a estas horas. Un hombre nos mira, apenas saluda. En la mesa del fondo come el hijo de Carlos. Petronilo mira sin complejo mis piernas. Piensa que no lo advierto, pero noto como sus ojos, un tanto vidriosos, un tanto tristes, pálidos a través de los gruesos cristales de miope, suben más arriba de mis rodillas. En cierto momento casi noto su entusiasmo sobre mi piel. Leo en la servilleta que me tiende mientras bebe más cerveza:

I

Y ahora el cuento de hoy:

II

¿Cómo comentar un combate de boxeo? ¿Hay otra manera de enfrentarse a la vida?

No hay más en la servilleta. Lo miro a los ojos. Lo siento hombre ahogado y vital en lucha permanente consigo mismo. Lo miro mientras bebo cerveza. Ya no son los ojos. Ahora es su mano la que se posa sobre mi rodilla. Intenta llamar mi atención. Saca unas hojas de libreta y me las tiende.

— Lee esto- dice.

I

... Y sigue el cuento de ayer...

Cada noche me asomo a mi balcón a mirar el poyo vacío, pero mi vecina no ha vuelto a usar el jardín para tomar desnuda las noches de luna morena.

Vive sola, no distinguí su cara, lo impedían las sombras...

Aquí hay ya otro cuento de espías...

II

Otro libro. Este es de estudio, de erudición, pero ¿quien lo querría comprar? El título ya quema:

"Escritores de baja estopa".

Propuesta: los autores de padres pobres ¡habrá pocos! que publicaron, los que ni siquiera pintaron o escribieron una línea, pero sintieron el alma de autores: de mi tío Hilario, lo verdaderamente genial fue su vida hasta el punto de llevar tanta pintura en la cabeza que perdió una patera de los calzoncillos sin enterarse de ello. Cuentan que el cacho de trapo estuvo ondeando encima de un carrasco más de tres meses hasta que el sol y los pájaros se lo llevaron para hacer los nidos... Ese cuadro está por pintar, y el episodio sin narrar, y la historia y las ilusiones sin escribir.

Otro libro. Caso de la amiga que inspira estos apuntes de la biblioteca inimaginable o ¿cómo se llamaba la biblioteca?

Al lado inverso, el Canario que vende mucha poesía por El Retiro durante las ferias del libro. Vive de la poesía y nadie lo reconoce...

III

Respeto a la gente, ¿será verdad que somos feos por naturaleza? Algunas personas lo aparentan. Me gustaría cambiar la afirmación.

IV

Chinos que recomiendan restaurantes y regalos. En los bares sirven peruanos y beben españoles. Aquí no pasa nada. Sombreros Borsalino de Casa Yusta, sombreros que yo he visto arreglar a los gitanos en el Pozo de las Bestias.

31 de diciembre de 2000

El último libro del siglo:

"Las cuatro estaciones". Otras cuatro estaciones, día a día, mes a mes, con bares, sexo, y rock and roll.

Mientras leo lo anterior, Petronilo Marceliano Tardón se ha levantado, ha llegado hasta la barra, ha pedido más cerveza, ha ido hasta el servicio, ha vuelto con dos tubos, se ha sentado y me mira. Comienza a hablar de corrido, como si lo tuviera preparado pero sé que es instantáneo. No me deja terminar de leer. La vehemencia le sale de dentro, no pretende molestar, expresa lo que piensa espontáneamente. No se calla. Habla y habla:

— Racimos de imposibles novelas nunca escritas. Editadas por editoriales y editores que nunca han editado un libro. Criticadas pro críticos que nunca las leyeron. Publicadas estas críticas en las mismas importantes editoriales antes citadas, en las secciones de ensayo y erudición. Recogidas después en enciclopedias inexistentes. Novelas guardadas en bibliotecas y clasificadas en peculiar manera. Bibliotecas a las que acuden no lectores... El otro lado de los espejos. ¿Qué te parece? - Pregunta Petronilo. Te has asustado un poco...

— No exactamente.- Contesto. Siento que la entrevista se me va de las manos. Que nunca podré dominar a este personaje, no obstante ataco preguntando a ver si le sorprendo- ¿Por qué insistes tanto sobre las bragas?

— El deseo de mirar bajo las faldas no es otra cosa que el intento de conocer el interior de la mujer, conocer sus pensamientos. Es una traslación de la mirada interior. Tal vez la metáfora de la Caverna que ya utilizó Platón, de la cual procedemos todos. Las bragas serían sólo esa suave tela de araña que impide volver hacia el pasado, hacia los orígenes, hacia la infancia... Ahí tienes psicoanálisis, ahí tienes erotismo, ahí tienes deseo y juego. ¿Te parece interesante el seminario que te propongo?

Su mano esta vez llega hasta mi rodilla y acaricia muy suavemente el interior de mis piernas. No me retiro. No sé por qué. Aunque me da cierto miedo, siento también una atracción fatal. Son suaves sus manos. No me disgusta la caricia. Me palpita el corazón y siento subir el calor por mi cuerpo. Muevo las piernas para disuadirle, para disimular mi turbación y para inclinarme sobre la mesa, alcanzar el vaso y beber cerveza... Él me mira y sonríe, es una mirada tierna de miope... Retira la mano avisado, pero sé que volverá.

— Además de estos temas supongo que también te habrán interesado otros. Enumérame algunos de los proyectos más extravagantes que hayas imaginado...

Se ha echado hacia atrás en la silla, pierde la mirada en el techo con cierta nostalgia.

— Pues verás, en cierta ocasión hice un proyecto para una bodega de vino, en otra para una agencia de prensa, en otra para una gasolinera, en otra para un camping, en otra para un poblado celta y así hasta donde tu quieras, lo de los proyectos ya lo comentamos, te puedo proponer unos cuantos en poco tiempo...

Ahora se lanza a desgranarme cada uno de los proyectos que me ha enumerado y me llama especialmente la atención el del poblado celta. Me habla de chozos y pallozas, de sierras y de valles, de aguas subterráneas y de zahoríes, de leyendas, de la vida... Me cuenta que Don Carlos también hace proyectos: quiere irse a León y montar un hotel rural, un hotel para gente como nosotros que quiere tener una entrevista tranquila. Me comenta que lo más probable es que no se lleven a cabo nunca, pero lo ilusionante es la esperanza, el imaginar...

Pasan las horas. El magnetófono se ha parado sin avisar y a mi se me ha ido el santo al cielo. Hemos bebido más cerveza. El público ha cambiado. La tarde, a eso de las ocho, en este sábado de enero de 2001, se ha poblado de muchachas y muchachos muy jóvenes. La música también ha cambiado. Suena alguna canción de Sabina y mucho bakalao. Los jóvenes nos miran extrañados. El ruido es grande, casi molesto, Carlos reina detrás de la barra. Nos ha traído algunos pinchos. Eso es todo lo que hemos comido. Petronilo me ha cogido la mano entre las suyas. Yo no la aparto. Me gusta que me mire a los ojos. Yo también lo miro. El beso llega solo. Siento como se me eriza el cuerpo. Un escalofrío en la espina dorsal. Su lengua enreda en mi cuello y se entretiene en mi oreja. Le acaricio el rostro y le miro. No sé qué ha visto en mis ojos, pero siento su mano subiendo, subiendo, suave, despacio, por entre mis piernas. No llega hasta arriba. Sabe marcar los tiempos. Me ha vuelto a besar en la boca y ahora nos hemos entretenido más. De repente oímos un aplauso de los jóvenes que pueblan el bar. Despertamos. Nos lo dirigen a nosotros. Siento una vergüenza atroz. Debo presentar una cara roja como las amapolas.

— ¡Déjalo, por favor! - Me atrevo a decir, casi con miedo a que me obedezca. Me besa en la mejilla y me murmura en el oído, al tiempo que aprieta mi mano.

—¡Vámonos!

Nos levantamos. Recojo el magnetófono y las servilletas escritas. El no paga ni yo tampoco. Carlos desde la barra nos mira salir y no dice nada, sonríe solamente. Apenas hemos andado diez metros. Entramos en un portal de una casa nueva. Petronilo llama al ascensor. Dentro, me abraza. Yo me cuelgo de su cuello. Siento sus brazos fuertes sobre mi cintura. Una mano se cuela bajo mi falda. No me importa, lo deseo. Un beso de dos pisos y una mano en mi grupa. Deseo montar en este viejo garañón que parece potente. Llegamos a su casa. Apenas me suelta la cintura para buscar las llaves. Abre la puerta, entramos y cierra con el tacón. Me abalanzo sobre él y le beso intensamente, apasionadamente, sin ningún pudor, totalmente entregada, le deseaba allí mismo y entonces mismo…

— ¡Un momento, princesa!- Susurra Petronilo mientras se suelta y se encamina hacia una puerta cerrada.