martes, noviembre 13, 2007

OPERACIÓN BALALAIKA CAPITULO VI

CAPÍTULO 6

“¿Encontraría a la Maga?” se preguntaba Inés mientras estrechaba las manos de sus compañeras de estudio encontradas, ahora de manera sorpresiva, en aquel jardín de una casa en la periferia de Madrid. La pregunta, la misma con la que empieza Rayuela, le martilleaba una y otra vez, pero no encontraba la respuesta. Aquel encuentro nada tenía que ver con lo que ella calculaba. Allí había pasión, regocijo y risas y por encima el idioma empleado: no parecía cortés hablar en ruso, idioma que sólo hablaban cuatro de las veinte personas que se agrupaban en torno a la mesa repleta de comida y bebida, y todas hablaban español, todas menos Aliona Nikitovna que apenas lo destrozaba comunicándose, pero Aliona Nikitovna no era la mujer de confianza que ella necesitaba. Se acordaba de la guerra de Troya -¿por qué tantos mitos?- se preguntaba incapaz de olvidar su principal misión en aquel lugar. Inés necesitaba la existencia improbada de una maga para realizar el milagro de llevar dinero y trabajo a su país. Menelao había quedado dentro, Paris estaba a su lado, pero ignoraba el tiempo que permanecería. A pesar de llevar dos años en Madrid, consideraba provisional su estancia. La concurrencia de aquella noche en esta casa, absolutamente planificada, pero anecdótica parecía mágica, extraña un suceso onírico. La noche del reencuentro, se presentaba intensa Noche decisiva, donde con toda la emoción a flor de piel, no permitía la más mínima distracción. ¡Cuánto tiempo sin oír la risa cantarina de Svela, sin mirar la tristeza intrínseca de los hermosos ojos de Emma! Los demás importaban poco. Por eso asía con fuerza la mano de una y otra compañera. La anfitriona, muy habilidosa y gentil, las había colocado juntas. Debía buscar un momento, el del baño, el de retirar unos platos, el de una confidencia sin que los demás lo notaran, para esconder la breve nota en el bolso de Emma sin que los demás lo percibieran. Eso era lo importante, el resto, la fanfarria, el folklore y los cohetes de la fiesta. Emma era la única que podía desarrollar aquel trabajo. Ella debía actuar de Penélope. No quedaba más remedio.

Los mitos no acudían en balde: las tres había estudiado en Moscú filología hispánica y, por tanto la pervivencia de los mitos clásicos en la literatura española. Y ahora se encontraban aquí. Hacía años que no se veían. El corazón les conducía de manera irrefrenable hacia la nostalgia, hacia el cómo habían transcurrido sus vida desde que se separaron. Cuando terminaron sus carreras, cada una marchó hacia sus países de origen. Inés y Emma a Bielorrusia, Minsk. Svela a Letonia. Sucedió la caída del muro de Berlín, el derrumbamiento de la URSS y el empobrecimiento de todos los países de la zona. Todas se habían casado, pero ninguna con hispanistas. Emma se casó con un ingeniero, Svela con un letón relacionado con la marina, y ella, se había casado con un hombre a quien nunca había querido de forma apasionada. Las tres se habían dedicado a la enseñanza, profesión que acogía a buena parte de su especialidad, porque la traducción y las editoriales, en los tiempos que corrían no daban para tanto. Y esta noche se encontraban aquí. Svela y Emma habían sido invitadas a un congreso de lengua española, la organización les pagaba el viaje y la estancia. Inés, por su parte ya llevaba algunos años en Madrid. La invitación de esta noche se debía a que esta familia recibía en su casa a Lara, niña también de Minsk y, por fortuna, nada afectada por el dichoso síndrome de Chernovil. Lara se había colado en la expedición gracias a las buenas maneras de Emma. Incluso la madre de la niña, Aliona Nikitovna, había venido un mes antes con la intención de quedarse en España, pero la niña, por aquello del protocolo, debía regresar a su país hasta que la madre consiguiera el divorcio formal del padre. Inés conocía esos detalles a pesar de no mantener relaciones de amistad con Aliona Nikitovna, pero se le habían llegado. Conocía más referencias: Aliona Nikitovna la madre de Lara, en la actualidad hospedada en la casa donde se habían juntado para cenar, química de profesión, compañera de trabajo del marido de Emma se había separado del padre de la niña por una cuestión de alcoholismo y malos tratos. El anfitrión de la cena y benefactor de Aliona Nikitovna y Lara, ingeniero aeronáutico, hábil comerciante y profundamente católico, lavaba su conciencia acogiendo a las dos necesitadas. Sus negocios se diversificaban entre la construcción de piezas de repuesto para aviones, tratamiento de materiales de usos múltiples y la afición por las bodegas y el aceite de oliva. La profesión de Aliona Nikitovna, quizá no tuviera nada que ver con el motivo de la acogida, pero eran excesivas casualidades. Esta y otras indagaciones deseaba contrastarlas con Emma, pero el ambiente, tan familiar, tan amistoso, tan entrañable, dificultaba esa conversación. Podría decir algo a Emma en ruso, pero Svela, que reía, reía y reía no comprendería como se podría dar cabida a otra manifestación que no fuera el disfrute. Y lo más grave: tal vez diera la voz de alarma porque conocía muy bien a las dos, no en vano vivieron juntas durante cinco años. Por eso debería esperar la ocasión propicia, esperar al final de la comida cuando la formalidad se pierde y los comensales comienzan a levantarse, fumar, tomar copas y acudir al baño. En uno de esos movimientos aprovecharía para hablar con Emma las tres palabras claves. Ahora solo correspondía tomarse de la mano, apretarse y comunicarse todas las sensaciones de la reunión en este país tan lejano en kilómetros y tan cercano para ellas por profesión.

El resto de los invitados formaban un abigarrado grupo que Inés no sabía muy bien donde ubicar pero de los que, por precaución, no se fiaba de ninguno. El anfitrión, el ingeniero aeronáutico, se ocupaba de que en la mesa nunca faltara vino ni ningún tipo de bebidas. La anfitriona y Aliona Nikitovna sacaban fuentes y fuentes repletas de los más diversos manjares. La extraordinaria noche de junio, primeros días del verano así lo requería. Junto a los mariscos, los ahumados, los embutidos ibéricos, los quesos y el pisto manchegos abundaba la ensalada. Muy cercanos a los anfitriones se mostraba la pareja formada por Pascual y margarita. Ellos habían iniciado la acogida solidaria de niños bielorrusos y Margarita había ofrecido a esta familia que atendiera a Aliona Nikitovna y Lara. Pascual, ingeniero electrónico de una marca internacional había tenido algún contacto profesional con el anfitrión.

Los otros tres invitados uno era su novio, Jorge, que se dedicaba a los seguros, Víctor Fernández, quien la había buscado para saludar a Emma y representaba a la asociación que organizaba el congreso al que habían sido invitadas las dos amigas lingüistas y Petronilo, hombre extraño, que bebía vino y en ocasiones parecía discutir con el anfitrión. Disponía de una voz cascada y rotunda, muy fuerte, pero hablaba tan deprisa que resultaba difícil de entender. En su aparente desinterés por la cordialidad se le consideraba un hombre humanista y preocupado por los asunto sociales más allá del gesto. Le interesaban los asuntos de fondo. Parecía distraído, pero Inés había notado que no perdía de vista a las tres compañeras. En su aparente desinterés, observaba y se le veía emocionado, como si se preguntara qué pasaría por las mentes de tres compañeras tan unidas y ahora residentes en distintas culturas y sociedades con diferencias abismales.

El representante de la Organización del Congreso de Hispanistas, Víctor, parecía todo lo contrario a Petronilo. Muy educado, siempre al tanto de facilitar las relaciones, preocupado porque la velada fuera amena, cambiaba con desenvoltura de conversación con el fin de que nadie se sintiera aislado. También bebía pero prefería la cerveza. En un momento de la noche, cuando Inés pensó que era el momento de comunicarse con Emma, Víctor sacó una guitarra y comenzó a cantar. Inés se sintió en la universidad quince años antes. Entonces tomó de la mano a sus dos compañeras y sintió la mirada intensa y curiosa de Petronilo sobre el grupo de las tres. Emma tomo la guitarra, y entonó “Qué tiempo tan feliz” con sus voz profunda y sus ojos perdidos en un punto indefinido entre la boca de la guitarra y las estrellas que brillaban en lo alto. Había una ensoñación, una nostalgia profunda. ¿Quien sería la Maga que deshiciera el hechizo y provocara la vuelta a la cruda realidad que ella, Inés, tanto necesitaba? No era la voz de la cantante ni la añoranza de la juventud, más bien la tristeza de la ausencia de la tierra. Inés, hizo un esfuerzo por contener las lágrimas, Svela lloró. Entonces fue cuando Inés sintió sobre el grupo la presión de la mirada de Petronilo. “¡Cuidado! ¡Cuidado con éste!”, Se dijo. Pero en los abrazos entregó la nota a Emma.

sábado, noviembre 10, 2007

OPERACIÓN BALALAIKA CAPÍTULO V

CAPITULO 5

Llegaron los niños a quienes recibió el alcalde y les ofreció las instalaciones del colegio para el encuentro matinal de cada día. Se esbozó un horario que se cumplía de manera más o menos rigurosa. Los niños se levantaban a las ocho. Desayunaban en sus casas, acudían al colegio a las nueve donde, en asamblea, comunicaban en ruso los avatares de la estancia con los padres de acogida. A la una los padres recogían a los niños e invitaban, cada día una familia, a comer a la monitora. Las tardes se dedicaban a la convivencia y Emma descansaba en casa de otra familia voluntaria que le había ofrecido una habitación.

Las noches se concentraban en la plaza de Torres. Las abundantes y amplias terrazas propiciaban la charla tranquila, las copas de la media noche, los chistes y las confidencias. En torno a la monumental iglesia los niños jugaban y corrían sin peligro. Las familias que había acogido niños solían lucirlos en este lugar público con una doble finalidad: los niños se veían entre sí, los padres de acogida se contaban sus experiencias y los chicos veían a su monitora en un ambiente neutral y podían consultarle sus circunstancias. Emma acudía siempre acompañada de Margarita y Pascual que acogían. Al corro además de Víctor del Moral aquella noche se había unido Petronilo Marceliano Tardón que con la excusa de visitar a sus amigos Paulino y Laura se había unido al grupo porque conocía a Pascual, a Margarita y a Víctor Fernández. Su presencia no distorsionaba las conversaciones ni las relaciones. Otras noches la mesa se duplicaba y aparecía mucha más gente, pero el grupo habitual lo constituían Pascual y Margarita , Emma y Víctor Fernández.

Aquella noche Emma, siempre melancólica, parecía más triste que otros días. Habían surgido algunas contrariedades, comunes e inevitables, en la convivencia de los niños con los padres de acogida. Los chicos se quejaban a Emma de que en algunas casas no les trataban como les habían dicho en Minsk y se mostraban contrariados. En el envés de la hoja algunas casas de acogida consideraban que la conducta de los visitantes dejaba que desear. Esto último, presentaba una solución rápida y convincente: los niños extrañaban a los nuevos y se aconsejaba paciencia a los acogedores. Emma se lamentaba de esa falta de paciencia de unos y de otros y procuraba mediar en las relaciones.

-Nosotros lo dimos todo en ayuda a los demás, y a nosotros ahora no nos ayuda nadie – se lamentaba.

-¿A qué te refieres cuando dices eso?, – preguntó Tarón - ¿A nuestros exiliados?

--También a vuestros exiliados, pero no tanto a ellos como a otros países. Vuestros exiliados también nos ayudaron a nosotros. Fueron buenos profesores. En mi Universidad había dos extraordinarios, por eso nosotros hablamos tan bien el español. Me refiero a tantos países del Este que ahora son casi nuestros enemigos: Polonia, Chequia, Ucrania, Hungría...

--¿Y ahora lo pasáis mal... – intervino Pascual -. Pero todos esos países atraviesan la misma situación. Les pierde la corrupción.

-Pero nosotros estamos todavía peor. No es cuestión de poder adquisitivo, es que no hay nada. Se vive gracias a las dachas, a lo que se produce cada uno en su espacio de terreno mínimo, donde se siembran patatas y coles y se cría algún cerdo o unas cabras... --¿Y a qué crees tú que se debe eso? – se interesaba Víctor cada vez más atento a los ojos y las piernas de Emma.

-Las razones pueden ser muchas: la caída de la URSS, el desmembramiento de la unión, las no excesivamente buenas relaciones con los vecinos, Rusia que domina, sigue dominando todo, pero ahora nos trata como a una colonia y además la desgracia de la central de Chernovil.

-¡Hay que ver qué bien hablas español! – se extasiaba Víctor , pendiente ahora de la tristeza de Emma- . Pero también habrá motivos internos.

--¿Y por qué no os reveláis como hicieron los checos y ahora los ucranianos –preguntó Tardón?

-Seguramente sería necesario, pero nadie se preocupa de eso. Si ha salido algún personaje que se ha opuesto al régimen lo han encarcelado y nadie ha protestado por ello. Los bielorrusos no somos muy emprendedores. Somos gente acostumbrada al sueldo del Estado – cambió de tema Emma y continuó-: Una de las cosas que me asombran de aquí son los portales de las casas limpios y pintados. Allí no encuentras eso, porque como las casas son del Estado, a medida que han perdido fuerza las instituciones, todo se deteriora y nadie se ocupa de arreglarlo.

Se acerca un niño. Habla en ruso con Emma. Ella le contesta. Le abraza y le da un beso. El niño se sienta en sus rodillas. Necesita abrazos.

-Este es el niño que tiene Amparo y Eduardo, que se quejan de que no come, porque nada de lo que le dan le gusta. Yo he hablado con ellos y no saben qué ponerle de comer. Este niño es un poquito mimoso – resume Emma.

Con el niño en brazos, aumenta el aspecto sensual: la maternidad y la profesionalidad, la entrega a la misión protectora de los hijos del pueblo que le han sido encomendados. Emma peina media melena rubia, tez blanca, ojos azules. Resalta su feminidad con una camiseta verde y una falda no muy larga que le permite lucir unas esbeltas piernas. Las manos, dedos largos, uñas esmaltadas, cortas, y la actitud general respetuosa, atenta, observadora y melancólica.

Llega Nadia. Nadia vive con Pascual y Margarita. Es una niña de diez u once años, rubita y gordita. Trae encarnadas las mejillas. Ha corrido para llegar a tiempo de pasar revista. La hora marcada son las diez. La niña besa a Pascual y a Margarita . Se dirige con su español reducido a Margarita.

--Mamá Margarita, ¿más tarde? – salta- ¡Sí, sí, sí!

--No. Ya nos vamos a casa que hay que cenar – sentencia Margarita.

Víctor mira a Margarita y a Nadia y alternativamente a Emma. Emma, con el niño en brazos, observa a Nadia. Pascual sonríe bonachón a Nadia.

--¡No, cenar no. Jugar! – lloriquea Nadia.

--Bueno, pero sólo hasta las diez y media- concede Margarita -. ¿Me entiendes? ¡Las diez y media! – insiste.

Nadia afirma con la cabeza, sale corriendo y se pierde entre la nube de niños y niñas que juegan o se esconden al alrededor de la iglesia, en definitiva revolotea como un pajarillo.

--Nadia se adapta muy bien, ¿verdad? – pregunta Emma sin ninguna intención.

--A veces también protesta, pero le va bien – contesta satisfecha Margarita -. Además se lleva bien con los chicos.

--Tiene muchos amigos y amigas, se la ve jugar con alegría – concluye Emma.

Es la noche del último jueves de junio. Hace una temperatura agradable en la plaza, el guirigay de los niños señala la alegría de la gente que toma su cerveza mientras charla. Esta noche es la última de la semana para Emma. El viernes al mediodía los padres adoptivos se hacer cargo de los niños hasta el lunes por la mañana que los llevan de nuevo al colegio.

-En tu país seguís siendo comunistas ¿verdad? – pregunta indiscreto Víctor.

-Yo no diría exactamente eso –replica Emma-. Hay un consentimiento, un dejar hacer. La gente se preocupa más de sobrevivir que de la política. Siempre ha vivido así y no le importa seguir de esa manera, es una forma de resignación...

-Y salir y entrar en el país tampoco es fácil...

-Hay que explicar muy bien la necesidad de salir del país.

-Sin embargo tú vienes a España con frecuencia este ya es el tercer año consecutivo. Tú debes gozar de algún privilegio.

-Me vigilan, ¡no creas!, pero ciertamente tengo algún privilegio: el hablar español.

-¿Te vigilan?

-Sí, pero relativamente. Vosotros sabéis el trabajo que cuesta conseguir los permisos. Y a la vuelta he de hacer un informe detallado de todas las actividades y contactos que he tenido.

-Por ejemplo, con Rita.

-El encuentro con Rita, si se produce, también lo reflejaré. Rita ya ha vuelto al país y tiene los papeles en regla. Ya es ciudadana española. Pero allí no podará volver a trabajar, porque es una fugada. En mi país todo el mundo que trabaja, tiene un trabajo fijo. No se concibe a la gente que trabaja por su cuenta. Todo está muy estatalizado...

--¿Todos trabajan en fábricas?

--O en el campo. Pero en las capitales casi todo el mundo trabaja en algún organismo oficial y por la noche bebe. Mi país está dominado por el alcoholismo.

Fue entonces en la plaza donde recibió Pascual la llamada del amigo de Villarejo de Salvanés invitando a cenar a las profesoras de los niños y a los amigos de Torres de la Alameda. La cena podría celebrarse el sábado, si no había otros planes. Pascual transmitió la invitación a los reunidos.

--Mañana viene tu amiga la de Letonia ¿verdad? –preguntó Víctor Fernández a Emma.

--Sí. Mañana llega en avión Sveleletlena Konstantinovna, Svela de manera familiar.

--¿Te acompañará alguien a buscarla al aeropuerto?

--No se lo he dicho a nadie.

--Pues si te parece te acompaño yo – se ofreció encantado Víctor Fernández.

--Te estaría muy agradecida.

--También se puede incorporar a la cena – ofreció Margarita Flores, ingenua.

--Mujer, la tendría que invitar el anfitrión no tú –puntualizó Pascual.

--¡A ellos les da igual, ya les conoces!- contestó Margarita Flores-. Y tú si quieres también puede venir se dirigió a Petronilo.

--Pues sí me apetecería, sí – se ofreció Tardón pensando el reportaje de su amiga Paula Marta.

--¿A que no te ha puesto número para los invitados? – volvió a intervenir Margarita dirigiéndose a su marido.

--No. Lo cierto es que no. Lo único que ha dicho que le comuniquemos mañana cuantos aproximadamente vamos a ir.

Se presentó Nadia puntual a las diez y media. Pascual y Margarita decidieron marcharse con la niña. Emma manifestó que estaba cansada. Víctor se apresuró a acompañarla. Tardón se dirigió hacia la parada del autobús que le dejaría en Alcalá de Henares, aún llegaba a tiempo de subir al último. Desde allí la vuelta a Madrid presentaba pocas dificultades.

Cuando Víctor Fernández, llegó a su casa el teléfono parpadeaba avisando de un mensaje en el contestador. Descolgó y escuchó. Era la voz de Jorge Roa Teruel anunciando las intenciones de Rita de encontrarse con su amiga Emma. Dejaba un número de un móvil para que Víctor llamara. Víctor miró el reloj: rondaba la media noche. Decidió llamar al día siguiente por la mañana. Con lo que le dijeran hablaría con Emma cuando fueran a recoger a Svela.

miércoles, noviembre 07, 2007

OPERACIÓN BALALAIKA CAPÍTULO IV

Capítulo 4

Víctor Fernández acudió puntual a la cita que la voz del hombre desconocido le había fijado en la plaza de Alonso Martínez. En la calle, el bullicio propio de un viernes por la tarde. Grupos de jóvenes, vestidos acorde con las tribus urbanas que les convocaban, abarrotaban las aceras ignorándose unos a otros. Muchachas de estética gótica, “progres” perfumadas, pijas de tacones, mozos con raptas, gomina en el pelo, barbas y melenas, siniestros de negras capas, todos moviéndose aunque todavía no habían dado las doce, hora del escopetazo para montar el botellón en la plaza a la que se asoma el Ilustre colegio de Doctores y Licenciados del que Víctor Fernández es miembro, como doctor en Lengua y Literatura Española. “No sabría en qué moda encuadrarme –pensó Víctor Fernández- y no soy viejo, pero no entiendo las aspiraciones de estos muchachos.” Se perdió, mientras subía desde la Calle Santa Teresa hasta Alonso Martínez, en sus años jóvenes cuando, mientras trabajaba de camarero, aprendía a tocar la guitarra para ligarse a las extranjeras en las playas de Alicante. Y allí, entre canción y canción, rumba y rumba, se acercaron los labios de aquella rubia jovencísima que hablaba un francés que él se apresuraba a intuir más que comprender y ella entre risas y suspiros de España le acercaba los morritos empeñada en proporcionarle la apertura justa para pronunciar la dichosa “u”. Pero él sabía a qué aspiraba: quería licenciarse en Filosofía y Letras. Componía poemas mientras servía platos, que maltraducía para la rubia francesa. Las poesías se complicaron y terminaron al compás que el verano en una habitación de mala muerte a los alrededores de la estación de Atocha. ¡Hacía tantos años de aquello! Fueron años duros, donde no hubo un momento para las manifestaciones callejeras ni para pensar en la protesta de los estudiantes. Más bien las algaradas servían para aprovechar y hablar con los profesores menos díscolos con la dictadura de Franco, y aprobar asignaturas que si no hubiera sido así, hubieran resultado más duras, se lo confesaba Víctor Fernández a sí mismo. Nunca podría explicárselo a nadie porque nadie le creería.

Llegaba a la cafetería Santander. Pasó por la acera Sagasta delante de la cristalera, con la intención de descubrir a quien le esperaba. Difícil empeño, porque la tintura de los cristales impide observar a los clientes de dentro. No obstante, creyó distinguir a un hombre sentado en una mesa del rincón más interior, con la espalda apoyada en la pared. Volvió hacia la puerta. “Cuidado con el escalón” rezaba un cartel adherido al cristal. Observó como el hombre que aparentaba leer el periódico le miraba. No había duda: era él. El desconocido también hizo un gesto de interés. Víctor Fernández se acerca sonriente casi con la mano tendida. El hombre se levanta y tiende la mano. El es tan alto como Víctor. Se miran y se miden: Víctor con curiosidad, el hombre con precaución.

--Soy Víctor Fernández y hablé contigo la otra noche.

--Y yo, Jorge Roa Teruel. Efectivamente hablamos.

--Sí hablamos sobre Inés Gheorovna.

--Claro, yo soy su novio y tú el amigo de Emma Sviatosllavovna ¿No es así?

-- Sí, sí, por supuesto.

Víctor hace un gesto para sentarse frente a Jorge y Jorge lo imita. Pasan ese momento difícil que nadie sabe de qué hablar. Víctor Fernández rompe el hielo.

--Ya sabes que Emma vendrá dentro de quince días y desea encontrarse con Inés.

-- Ella también desea ver a las antiguas compañeras, pero tal vez no sea excesivamente fácil.

--¿Por qué?

--Por que las cosas han cambiado mucho. Tú sabes, me imagino, que Inés también llegó aquí con un grupo de niños de acogida y no regresó a Bielorrusia.

--No. No lo sabía. Pensaba que había venido con todos los permisos y que había vuelto a su país.

--Bueno, ahora sí tiene todos los permisos y permanece en nuestro país de manera legal pero durante los dos tres primeros años, si volvía a su a Bielorrusia corría un grave peligro de que la encarcelaran.

--Pero ella ha vuelto, ¿no?

--Sí, hemos ido los dos, pero para ello hubo que asegurarse que la dejarían regresar. El empeño registró sus dificultades. Nadie que no lo haya sufrido sabe lo que significa la emigración clandestina: extranjeros en todas partes.

--Bueno, pero regresó como ella quería.

--Pero lo pasamos francamente mal: Ella, yo la familia de ella y la mía.

Aunque no todas, un buen número de mesas estaban ocupadas en la cafetería. No había jóvenes sólo personas entre los cuarenta y los setenta, gente madura de la zona que salía a merendar. Se acercó un camarero clásico: vestido de negro y, sobre el traje, un inmenso delantal blanco cruzado a la espalda.

--¿Qué les sirvo a los señores?

Jorge Roa Teruel había consumido media taza de café a. Víctor se decidió por una cerveza de presión.

--¿Para comer?

Agradecieron la oferta y no pidieron nada.

--¿Cómo conociste a Inés? – se lanzó Víctor Fernández.

--Sería largo de contar -se echó hacia atrás en la silla Paulino Méndez- pero te lo puedo resumir en cuatro palabras. Acogíamos a un niño, Inés Gheorovna vivía con nosotros y mi mujer empezó a sospechar que la amistad entre Inés iba más allá de lo convencional, y, aunque no era cierto, aquello se convirtió en un infierno. Yo busqué otro alojamiento para Inés, pero diariamente la veíamos porque el niño seguía con nosotros y no podíamos ni queríamos cederlo a nadie. Mi mujer insultaba a Inés. Inés, muy responsable, no le contestaba. Intentó pegar al niño. Inés no quería intervenir, pero tampoco podía eludir su responsabilidad. Yo me deprimía y amenacé a mi mujer. Mi mujer me denunció a la policía. Me dictaron una orden de alejamiento. Sufrí una depresión de caballo. Inés a su vez, no deseaba pasar por mi casa. Mandó a otra compañera. Mi mujer contó lo que quiso. A Inés Gheorovna la denunció la compañera. La historia, todo lo falseada que se quiera, llegó al marido de Inés. La llamó amenazándola. También llegó una carta de Minsk relevándola de su trabajo y cediendo la coordinación a la compañera que la denunció. Me entrevisté con Inés de nuevo. Me contó llorando que la vuelta a su país se le presentaba grave: podrían condenarla a cárcel y, sin duda, ya había perdido su puesto de trabajo.

--Y tú le ofreciste un empleo.

--Exactamente. Yo me había quedado en la calle. Nada de lo que guardaba en mi casa me pertenecía. Busqué un apartamento pequeño. Inés dudó, pero aceptó mi oferta. Tampoco tenía nada y el panorama que se le presentaba a su regreso no era precisamente halagüeño.

--Comenzasteis a vivir juntos -concluyó Víctor Fernández.

--Eso es.

--Pues Emma quiere ver a Inés, según me dijo por teléfono. ¿Por que Emma no tenía el número de Inés?

--Nos cambiamos de casa y de trabajo. Ahí debió perderse. Tampoco se comunicaban mucho.

--¿En qué trabajáis ahora?

--Seguimos con los seguros.

--¿Los dos con la misma compañía?

--Trabajamos para varias. Tenemos una correduría en Majadahonda, Seguros Roa y asesoramos. Ahora nos va bien, aunque siguen las depresiones.

--Duro el trabajo de los seguros, ¿verdad?

--Agobiante: es el ansia por vender y mantener los clientes. A veces llegas a casa sin deseos de hablar con nadie. Has hablado en exceso durante toda la jornada. ¿Y tú a que te dedicas?

--Yo soy profesor en un instituto.

--Y por eso conoces a la rusa.

--La conozco de las terrazas del pueblo, pero sí influye el oficio.

--Ya.

Se hacía de nuevo el silencio pesado que se produce cuando ya está dicho todo lo superficial y resta por concretar lo imprescindible. Nadie se atreve a dar el siguiente paso: el motivo del encuentro. Víctor Fernández, de nuevo lo rompió.

--¿Quedamos pues cuando llegue Emma?

--No lo sé – duda Jorge Roa Teruel- Inés aún no lo sabe.

--¿Cómo? ¿No le has dicho que te encontraría conmigo porque Emma quería verla?

--No. Antes quería conocerte y ver que pretendías.

--Yo no pretendo nada. Yo doy clases en el instituto Complutense se Alcalá de Henares, conocí hace dos años a Emma, mantengo una buena amistad con ella y nos llamamos con frecuencia. Eso es todo.

--¿Y os habéis enamorado?

--Dejémoslo en una buena amistad.

--Cuidado con tu matrimonio, porque me imagino que estás casado.

--Sí, pero mi matrimonio marcha por otros derroteros. No te cuento nada porque yo también me deprimo. Los somníferos son mis aliados...

Víctor Fernández, notaba que Jorge se le escapaba sin una respuesta concreta sobre el encuentro entre las dos antiguas compañeras de estudio, y era lo único que le interesaba. Insistió. Utilizó la técnica del despido. Llamó al camarero.

--Deja. Invito yo –se ofreció Jorge.

--Yo me tengo que marchar. Ya son casi las diez y he quedado a las once en la plaza Cervantes de Alcalá de Henares. Nos vemos cuando llegue Emma.

--Sí, pero yo te llamo –respondió rápido Jorge Roa-¿De acuerdo?

A Víctor no le importaba. Ya disponía la manera de encontrar su teléfono y de localizaría a Inés. La historia que le había contado coincidía en parte con lo que había contado Larissa. Salió de la cafetería Santander y se perdió Santa Barbar abajo. A la altura del Colegio de Licenciados, se paró para observar si Jorge le seguía. Pensaba en Emma Sviatosllavovna, pensaba en Inés, pensaba en el encuentro de las amigas y se compadecía del tal Jorge y la melodramática historia que le había contado. Resultaba extraña, pero verosímil.

sábado, noviembre 03, 2007

OPERACIÓN BALALAIKA III

Capítulo 3

Cuando Víctor Fernández recibió la llamada de Emma Sviatosllavovna desde Minsk avisando de su llegada, se comunicaron en español. Víctor Fernández no habla ruso, pero podían hacerlo en francés o en inglés perfectamente. Había razones para dialogar en español: el marido de Emma no lo entendía, mientras que chapurreaba un poco el francés y dominaba ingles. El marido presenciaba la conversación comprometedora para Emma que versaba sobre los deseos de abrazarse y las horas que faltaba para encontrarse Víctor Fernández y ella. Además de palabras de amor, había un encargo: Víctor Fernández debía encontrar a Inés Tarásovna, amiga de carrera, profesora de español, que vivía en Madrid. Hacía mucho tiempo que no se veían, pero era necesario encontrarse en esta visita. Emma le traía algunos presentes personales y además el encuentro de la Asociación de Profesores de Español presentaba una buena excusa para saludarse de nuevo y contarse la aventura del vivir cada día. Víctor Fernández, dispuesto a cumplir cualquier condición con tal de volver a temblar bajo a la mirada triste de Emma Sviatoslavovna, se ofreció solícito a efectuar tantos cuantos deberes le colocara esta mujer. La conversación con Emma terminó y acto seguido Víctor Fernández se puso a urdir cómo entrar en contacto con Inés. Emma ignoraba la dirección y las andanzas de su antigua amiga, localizarla quedaba en manos de Víctor Fernández. ¿A quien podía llamar? Pensó en Margarita Flores y en Pascual Calle, que cada año acogían a Nadia. Además. Margarita Flores había introducido en el pueblo la inquietud por la acogida. Sin embargo no se atrevía a llamarla. Debía buscar una excusa. No le podía decir que le había encargado Emma localizar a su amiga Inés Tarásovna. Margarita Flores, muy buena persona pero muy primaria en las reacciones de los sentimientos, se sentiría celosa de que no le hubiera llamado a ella. Pero no disponía de otras referencias, así pues el empeño se dirigía a inventarse una justificación para la llamada. Descartó en primer lugar ofrecerle regalos para los niños. Eso le gustaría, pero lo gestionaría ella misma. Pensó en poder hacer una donación que fuera útil al colegio del que procedían la mayoría de los niños. ¿Qué podía ofrecer que tuviera esas cualidades? Había escuchado a Emma que en su ciudad, todos los técnicos eran muy buenos. La necesidad obliga. Cualquier aparato averiado conseguían ponerlo en funcionamiento. Si no encontraban la pieza de repuesto la fabricaban ellos mismo de manera artesanal, no en vano los estudios técnicos y el diseño de útiles constituían parte fundamental de su formación. Recordó a Pepe Martín Buenadicha, Jefe de Estudio del Instituto Complutense de Alcalá de Henares, donde él trabajaba. Pepe, además se ser su jefe de estudios, no le caía excesivamente bien. Le parecía pedante, pero en un estilo diferente al propio. Además era inteligente: las cazaba al vuelo y a él le dejaba poco espacio para el lucimiento, y eso, irremediablemente, le enfurecía y le despertaba toda su soberbia, pero ahora le necesitaba. Pepe Buenadicha le había hablado de dos fotocopiadoras usadas pero que, con una limpieza a fondo, podrían servir en cualquier lugar. Le llamaría para preguntar si seguía la oferta aunque le daba repeluzno. ¿O llamaba directamente a Margarita Flores para preguntarle con quién debía ponerse en contacto para organizar el transporte de dos fotocopiadoras a Bielorrusia? Parecía interesante la propuesta, sin embargo habría que formular las preguntas de manera adecuada para obtener el teléfono del siguiente escalón de la organización a quien podría preguntar por el paradero de Inés. Se arriesgó con Pepe. El asunto debía resolverlo aquella misma semana. La próxima, mediados de julio, llegaría Emma y debía hacerle el regalo del reencuentro con la compañera de estudios.

Pepe no había llegado aún al instituto, y no utilizaba móvil, afirmaba que no le gustaba que le localizasen. Optó por llamarlo a su casa. Lo encontró y le confirmo la disponibilidad de las fotocopiadoras. Acto seguido llamó a Margarita Flores.

--Hola Margarita, soy Víctor Fernández. Tengo una buena noticia para las escuelas de Minsk. Me regalan dos fotocopiadoras para ellos, pero tiene que ser la cabeza de la asociación que se encarga de traer los niños de Bielorrusia quien firme los papeles.

--¡Qué bien! ¿Y quien es el generoso o la generosa?

--Por ahí. El donante es mi instituto, El Complutense de Alcalá, pero necesitan la firma de la asociación para justificar por qué se dan de baja las máquinas. Así pues eso requiere el teléfono del presidente o presidenta de la asociación para poder explicar el procedimiento y organizar además el transporte.

--Yo mismo les llamo y les pongo en contacto.

--Preferiría hacerlo yo porque tú no conoces al donante y tienen que verse el presidente y el director del instituto para solventar estos temas de papeles.

Margarita Flores facilitó un teléfono a Víctor Fernández y cinco minutos después hablaba con el presidente de la Asociación Madrileña de Acogida de Niños con Catástrofes Nucleares.

Resultó ser un hombre resolutivo y voluntarioso que se mostró encantado de la donación de las fotocopiadoras. Confirmó lo que Emma había anunciado. Los técnicos, acostumbrados a la escasez, se mostraban capaces de reparar los más extraños artilugios con los mínimos instrumentos. Concertaron una cita para visitar el instituto, observar el estado de las fotocopiadoras y valorar si, a pesar de las buenas manos de los técnicos bielorrusos, había posibilidad de suministrarles algunos recambios, o su habilidad les permitiría repararlas allí. Resultó más complicado hablar de Inés. El hombre, simpático, se mostró bastante reservado al respecto. Dijo no saber nada de ella, aunque le sonaba el nombre, porque hacía dos años él mismo debió afrontar con coraje y cierto peligro de que no volvieran los niños a España, la justificación de la deserción de Inés. No obstante, todas las pegas encontradas con las autoridades locales, se resolvieron una vez que se logró hablar con el equivalente al ministerio de Educación de Bielorrusia. En definitiva, vinieron a decirle que si una maestra se largaba del país, un sueldo menos que había que costear. Dieron poca importancia a la escapada de Inés pero con la advertencia de que si volvía nunca más trabajaría de profesora y posiblemente pasaría por un tribunal que juzgaría su responsabilidad por abandono de obligaciones. Él ignoraba donde podría parar, así pues concertaron una cita para ver las fotocopiadoras. A Víctor Fernández no le pareció oportuno insistir sobre el asunto. Prefirió conocer cara a cara al presidente de la asociación. Pero tampoco resultaba sencillo. Le comunicó que mandaría a una compañera, la secretaria general, para que juntos evaluaran la utilidad de las máquinas donadas.

La secretaria de la asociación, con quien quedó aquella misma tarde, para el día siguiente, resultó ser una mujer elegante y simpática. Se preocupaba por los niños bielorrusos porque una hija suya había superado una leucemia juvenil gracias a la donación de médula de un desconocido. En agradecimiento, ella se ocupaba de ayudar a niños desconocidos en riesgo de enfermedades parecidas. Quedaron directamente en Alcalá en el Instituto Complutense, así no necesitarían los trucos del periódico y el color del vestido. El amigo Pepe Buenadicha les enseñó las máquinas y a la mujer, que dijo ser abogada de una empresa de seguros, le parecieron idóneas para la segunda vida que se les encomendaba. Pepe les invitó a una cerveza sin alcohol en la cafetería del centro de estudios, y se citaron para mediados de mes julio cuando los estudiantes y profesores ya estuvieran de vacaciones aunque permanecieran por el centro el equipo directivo. Sería el momento de recoger las fotocopiadoras. Después, el instituto cerraría sus puertas hasta septiembre.

Víctor Fernández supo por Adela de los Montes que, tanto ella como el presidente de la asociación, se conocían porque coincidían en la misa de los domingos en la parroquia. Víctor también afirmó ser católico, aunque poco practicante si bien acudía misa muchos domingos acompañando a su mujer y a su hija.

Víctor Fernández debía sacar información a la dama parlanchina. Como por casualidad dejó caer el nombre de Inés Tarásovna.

--¿Conoces a Inés Tarásovna? –preguntó interesada.

--No. Pero estudió con una amiga mía que viene con los niños la próxima semana y me ha encargado que la busque.

--Yo no sé si ella está interesada en volver a saber nada de su país, pero creo que la puedo localizar. La conocí cuando llegó aquí, me contó lo mal que lo pasaba. Su marido la pegaba y andaba continuamente borracho. Aquí se juntó con un conocido mío corredor de seguros con quien hablo con frecuencia. Le puedo decir que la quieres ver.

--Te estaría muy agradecido –contestó Víctor Fernández con esa sonrisa agradable que también domina cuando algo le interesa.

--Dame tu teléfono y él se pone en contacto contigo.

No había más remedio. Le facilitó el número del móvil y del teléfono fijo de su casa. Había hallado la pista pero aún faltaban pasos para encontrar a la dichosa Inés Tarásovna.

Dos días después Víctor recibió una llamada. Era una voz de hombre. Víctor explicó el motivo para conocer a Inés. Fijaron una cita. Se verían al día siguiente a las siete de la tarde en la cafetería Santander de la plaza de Alonso Martínez

miércoles, octubre 31, 2007

OPERACIÓN BALALAKA capítulo II

Capítulo 2

Como cada mañana Tardón compró el periódico. Mientras tomaba el primer café lo ojeó por encima y se topó el hallazgo de una mujer muerta en un descampado de Torrejón de Ardoz. Apuntaba el suelto que la encontró una familia nómada que buscaba campamento a orillas del Torote. Se trataba de una mujer ucraniana Llevaba encima su documentación. Presentaba herida de bala.... “Esta ayer trabajó menos de lo que ordenaba el chulo”, pensó Petronilo Marceliano. Agotó el café, llegó al crucigrama, lo rellenó con tranquilidad. Las once. No tenía nada que hacer. Tomó otro café. Hay bastantes ucranianos en España, pero le llamó la atención porque César, un amigo de barra de bar, le había hablado de sus relaciones con esta colonia y su afincamiento en Torrejón. Le preguntaría a Paula Marta. Por eso la llamó y quedó a comer en Alcalá. Ella, sin darle muchos detalles, había dicho que deseba hablar con él para preguntarle algunas cosas, y Petronilo no podía decir que no a su amiga Paula Marta. Le atraía aquella muchacha. A pesar de considerarse poco nostálgico, en ocasiones los recuerdos lo llevaban hacia atrás. Volvían los tiempos de reportero intrépido y dado a la bebida. Había fracasado como periodista pero no había perdido el olfato para la noticia. En la muerte de aquella mujer había algo más que un simple cadáver. No sabía lo que le preguntaría Paula Marta Temprano, pero la respuesta sería no. No escribiría ningún reportaje. Había pasado el tiempo. Si acoso, como en otras ocasiones, se habría de conformar con los apuntes confusos de su libretilla de bolsillo.

Tomó el tren en Atocha sobre la una, hacía ya dos meses que había vuelto a vivir en Madrid, y llegaría a Alcalá a las dos menos cuarto, tiempo suficiente para bajar paseando hasta la Plaza de Cervantes y tomar antes un vino en el bar que regentaba su amigo Fernando: El Rinconcito.

En el tren viajaban estudiantes de todas las nacionalidades desparramando apuntes por los asientos, mujeres jóvenes embelesadas en lectura de libros gordos, posibles buscadoras de empleo o secretarias recién despedidas de alguna empresa poco escrupulosa. También andaban por el tren mujeres de diversos países que hablaban diversos idiomas, posibles asistentas de casas en Madrid regresando de las tareas matutinas. A éstas, con seguridad, les esperaba otro turno por las tardes además de las tareas de atender los hijos y tender las coladas, los inmigrantes no pueden permitirse perder el tiempo. Algunos hombres de edad madura, a quienes les resultaba más cómodo viajar en tren que conducir el coche y jóvenes de pantalones vaqueros estrechos que parecían no disponer de oficio ni beneficio y, encubiertamente, trapichearían con cualquier sustancia prohibida.

Entretuvo el tiempo del traslado, además de en observar a los usuarios, en ojear un periódico gratuito que una lectora anterior había olvidado sobre el asiento contiguo al suyo. En este periódico encontró la muerte de otro hombre. A este le habían encontrado en Majadahonda también en un descampado. Era español: “¡A éste se le olvidó que las putas tienen chulo y no se puede jugar a no pagar!” pensó Petronilo. El tren llegó en tiempo y moría en Alcalá. La estación reproducía como un espejo a los personajes que viajaban en el tren.

Petronilo depositó el periódico gratuito en una papelera. Salió, bajó por el Paseo de La Estación hasta Cánovas del Castillo. A la altura de la librería Roma donde había comprado, durante el tiempo que vivió en Alcalá, algunos volúmenes de “La Recherche du temps perdu” a buen precio porque, aunque de excelente edición, nadie los demandaba, torció por la calle Navarro Ledesma donde campeaba Fernando en El Rinconcito.

Entró en el bar. Aún faltaba casi una hora para la cita con Paula Marta. Fernando, como siempre, saludó con efusión a Petronilo.

--¡¡Hombre!! ¿Cómo tú por aquí?

--Pues, ya ves que me he caído.

--Algo traerás entre mano, tú no vienes por las buenas...

--Vengo a verte a ti y las rusas que tenías trabajando contigo. ¿Y Mary, como está?

--Ahí anda en la cocina. Muy bien.

Mary salio secándose las manos en el delantal y saludó sin salir de la barra.

--Prepárale un buen pincho a Petronilo, que seguro que tiene hambre.

--Tú sabes que soy poco comilón, pero a estas horas nada asienta mal. ¿Qué has hecho con las rusas que tenías aquí?

--Pues ya ves: una me salió rana y la pillé con las manos en la masa y la otra se fue porque ella quiso irse.

--¿Te quitó dinero?

--Algo se llevó, pero no fue mucho.

--Pero eso te podía haber pasado con cualquiera.

--¡Uy! ¡He tenido camareros peores!, pero eso no se lo permito a ninguno.

--Pero no por ser rusas son malas, ¿verdad?

--¡Hombre, Petronilo! ¿Tú me has visto a mi alguna vez cara de despreciar a alguien por su origen? La gente es gente y depende de lo que haga independientemente de donde haya nacido.

El bar presentaba a esta hora del día la afluencia propia de un sitio de tapeo, tan frecuente en Alcalá. Fernando, generoso en pinchos, llenaba su rinconcito hasta arriba. Hombres de trajes grises y mujeres de trajes de chaqueta compartían espacio con otros hombres de mono y manos calludas. Los trabajadores de cuello blanco de Hacienda y los albañiles, no desentonaban en el pequeño espacio.

Entre vino y conversación el tiempo transcurría más de prisa que en las novelas de Proust compradas en la librería de enfrente y Petronilo decidió bajar hasta la plaza para encontrarse con Paula Marta. Llegaría antes que ella, pero prefería esperar. El sitio resultaba agradable: primera fila sobre la pasarela del desfile ciudadano.

Acomodado en una mesa, apenas tuvo tiempo de pedir la jarra de cerveza cuando apareció la periodista. Venía como es ella: sonriente, melena larga de pelo crespo, la camisa ajustada, luciendo el bonito cuerpo en un pantalón negro que resaltaba toda su feminidad: guapa y atractiva, y además inteligente. Cuando vio al viejo Tardón hizo un quiebro y levantó los brazos dispuestos al abrazo. Pudo ser más efusivo, pero los besos se concretaron en ambas mejillas de manera cortesana: saludo convencional. Petronilo Marceliano Tardón pidió otra cerveza para Paula Marta. La joven entró en seguida en materia.

--Oye, Petronilo, tienes que ayudarme. He de preparar unos reportajes para el mes de agosto y no sé por donde meter la cabeza.

--¿Para eso me querías ver? A mi no me des trabajo, que ya sabes que soy muy vago.

--Si tú no tienes que escribir nada. Tú con tal de mandar de vez en cuando uno de esos escritos bucólicos que envías, cumples más que de sobra. Estos reportajes los escribiré yo o mandaré a alguien de confianza que los haga. Lo que necesito son las fuentes.

--¿Que tú necesitas las fuentes? ¿Desde cuando una periodista de raza como tú necesita que alguien te busque las fuentes?

--Pues ahora mismo –contestó riendo Paula Marta.

--¿Y de qué se trata? –curioseó Tardón.

--Verás: se trata de la acogida de niños bielorrusos durante el verano.

--¡Coño, te has vuelto caritativa!

--En todo caso, más bien solidaria. Pero no se trata de eso. Como sabes soy la subdirectora del periódico, pero eso no quiere decir que el Redactor Jefe, con más oficio que yo, deje de tirarme chinitas, ya sabes como es este oficio. Y me ha propuesto una serie de reportajes sobre este tema, uno de los pocos que permanecen vivos durante el verano. Y me lo ha propuesto a ver si soy capaz de salir de él encargándoselo a la persona adecuada y buscando las fuentes idóneas.

--Y te has acordado de mí.

--Sí.

--¿Por viejo o por diablo?

--¡¡Por las dos cosas!! –soltó la carcajada Paula Marta- pero además porque por ese pueblo donde tu te movías sé que acogen a estos niños.

--Sí, yo conozco un matrimonio que cada año se trae a una niña y son los representantes de los padres de acogida en el pueblo.

--¿Ves como sí puedes ayudarme?

--Sí, pero para eso me tienes que llevar una noche de estas a Torres de la Alameda para que te presente a los implicados y a partir de ahí yo no quiero saber nada.

--De acuerdo –concedió la periodista, convencida que más adelante le sacaría más información-. Tú me avisas cuando tengas los contactos, pero tiene que ser un sábado. Yo por las noches trabajo todos los días menos el sábado.

--¡¡Mejor, más divertido!!- confirmó Petronilo Marceliano Tardón-. Y ahora permíteme que te haga una pregunta por curiosidad.

--¡Dispara!-sacó otra vez su risa Paula Marta.

--Debían ser dos, pero con la primera me conformo. ¿Cómo andas de novio?

--Pues como siempre, ¡mal!

--Las lenguas de doble filo no dicen eso.

--¡¡Pues mis noches sola, sí!! –soltó otra risa Paula M.

--¡Entonces salir una noche de sábado, aunque sea a Torres de la Alameda, no te causa ningún trastorno!

--Si es contigo, nunca, tú no eres peligroso, y si es por un buen reportaje, menos.

--¡¡Ahí las chicas valientes!! –exclamó entusiasmado PM Tardón-. Pero hay un inconveniente y es que la gente se reúne en la plaza del pueblo los días entre semana. Los viernes y sábado muchas familias se llevan a los niños fuera del pueblo y las monitoras que les acompañan aprovechan para hacer turismo con los amigos de aquí.

--Pues entonces no te puedo llevar. Te las tienes que apañar tu solito.

--¡Bueno, va! ¡Todo sea por un buen reportaje! Ya me las maravillaré yo solo.

--¡Bien. Este es mi amigo PMT!

--Y ahora la segunda pregunta: ¿Sabes quien era la mujer que encontraron muerta en Torrejón hace un par de días?

--Pues no. Me pasaron la nota de prensa de la policía y la resumí, pero no había nombre, sólo que era rusa.

--Eso es lo interesante, porque he leído en el tren que han encontrado otro cadáver por Majada Honda, casi en las mismas circunstancias que el de la rusa en Torrejón.

--Eso es más corriente de lo que tú te piensas. Hay más casos que no aparecen en ninguna parte. La explicación, sencilla: esta mujer de Torrejón una infeliz de las que hacían la calle y el de Majadahonda, que no lo he visto porque no cae en nuestra área de cobertura, un ajuste de cuentas mafioso.

-- Será así, pero deberías preguntar a tu contacto con la policía, – concluyó Tardón - ¿Tomamos otra cerveza o vamos a comer a otro sitio?

--Nos vamos a comer.

Pagaron y se levantaron. La conversación se perdió por vericuetos personales y chascarrillos de rumores, sospechas, conjeturas y suposiciones. Conversación de curiosos sobre política, cultura, gentes, deportes y petardeo.

sábado, octubre 27, 2007

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OPERACIÓN BALALAIKA

CAPITULO 1

Paula Marta había ascendido a subdirectora de El Tribuna de Alcalá. La promoción se debía a los nuevos medios que editaba la empresa y a la capacidad de trabajo y agudeza en los titulares que redactaba la periodista. Aunque nunca se sube por aclamación de los colegas, en esta ocasión el avance no había sido criticado por nadie, más bien al contrario, todos, mejor todas porque casi todas eran redactoras, se habían sentido gratificadas porque Paula Marta ocupara un puesto de responsabilidad. Los cambios en los medios informativos se producen con frecuencia, la dinámica de la tarea así lo exige y siempre se prefiere que ascienda alguien de la casa a que venga impuesto de fuera. El horario de Paula Marta también había cambiado: ahora pasaba más horas en la redacción, quizá no tantas como el redactor jefe, cuya labor de mesa le exigía la permanencia continua, pero sí acudía pronto por las mañanas para planificar el día y por la tarde se esperaba hasta el cierre de la noche. Disponía de un hueco amplio en la tarde: de tres a ocho o más. El tiempo que los redactores empleaban en escribir los trabajos realizados por la mañana. A ella le correspondía después, supervisar los titulares propuestos, unificar criterios y agudizar ideas.

Aquella tarde de junio se adelantó a su horario vespertino y había llegado sobre las seis y media. Antes había acudido a saludar al comisario Paniagua y felicitarle por el cambio al nuevo edificio de la policía donde convivían y compartían sala tres cuerpos destinos: Policía Municipal, Policía Nacional y Guardia Civil. Allí, por el momento, tampoco habían surgido conflictos. Cuando llegó a la redacción se puso a escribir una nota sobre el buen ambiente observado, porque, aunque había ascendido de categoría, seguía escribiendo de sucesos.

Entró el Redactor Jefe al despacho de Paula Marta, una especie de pecera desde la que dominaba la redacción.

--¡Qué trabajadora estas!

--¡Bah!, nada importante una nota sobre la coexistencia de los policía en marcha hacia la unificación de los cuerpos.

-¡Eso de la unificación de los cuerpos tiene su porqué!- exclamó bromista Gerardo.

-¡No me digas que te has vuelto chistoso!-respondió rauda Paula Marta.

-¡Tampoco hay que huir del humor, en definitiva es una forma de inteligencia!

-¡Vaya sigues “on line”! Pero ¿qué hay para mañana?

-Bueno, lo que te venía a proponer no es para hoy ni para mañana, es para el mes de agosto, cuando escasean las noticias.

-¡Venga! Suéltalo de una vez.

-Una serie de reportajes sobre los niños bielorrusos acogidos. Los padres de acogida comprarían periódicos y los niños se marcharían tan contentos con sus fotos y sus recortes para mostrarlo en su país de origen.

-¿Pero todavía hay esas cosas?

-¡Claro que existen! Aquí se diluyen, pero en pueblos más pequeños es un autentico acontecimiento social.

-Bueno. Es una idea. ¿Y quien realizaría el reportaje?

-¡Los reportajes! Te propongo una serie.

-¿No resultará reiterativo?

-Depende de quien los haga y como lo haga.

-¿A quién propones tú?

-Podría escribirlo algún becario.

-Sí. Una becaria con ínfulas de escritor. Una Heminwey americana...

-O una alcalaína.

-No se descarta nada. Lo apunto en la agenda y lo tratamos más adelante. ¿Te parece?

-Sí, sí. No hay prisa.

A Paula Marta no le pareció descabellada la idea. El periódico es un monstruo a quien hay que alimentar diariamente y en verano se sostiene de sus propios monstruos. Los ovnis y los ness aparecen siempre en agosto. ¿Por qué no reportajes sobre cómo pasan los estos muchachos? Se podría tratar no sólo la acogida de los niños, sino también el origen, las costumbres diferentes, la situación de los padres o de los internados donde residen, el por qué les acoge la gente y las amistades que se engendran en estos intercambios. Otro tema a tocar podría ser la situación de los profesores que vienen y qué misión traen. No estaba mal la idea. Pero no le dio mayor importancia. Mañana sería otro día y se concentró en el cierre con la intención de terminar cuanto antes.

A media mañana del día siguiente sonó el teléfono. Le pasaban una llamada de Petronilo Marceliano Tardón. Se alegró. Hacía tiempo que no hablaba con él. Desde un evento en el que coincidieron hacía, por los menos, tres meses.

-¡Hola Petronilo! ¿Qué tal te va?

--Pues como siempre. ¿Te apetece tomar unos vinos?

--Sí, pero no puedo. Hasta las dos y media no salgo. Si te esperas hasta entonces...

--¡Buena hora! Podríamos comer juntos.

--De acuerdo. Quedamos en El Hemisferio. Y a ver si te prodigas más, que últimamente estás muy vago... escribes poco.

--Tampoco te leo como antes. Te dedicas menos a los sucesos.

--Me pillas redactando una nota sobre la convivencia de las distintas policías, no he olvidado el tema.

--Eso está bien. Entonces quedamos para comer.

--De acuerdo.

Paula Marta terminó la croniquilla, que tampoco daba mucho de sí. Le habían habilitado un despacho de cristal desde donde divisaba toda la redacción menos la mesa de Gerardo el Redactor Jefe, que se adosaba a la pared opaca de la pecera como se conocía en la redacción el despacho de la subdirectora. Era la una del medio día, hora del primer repaso de cómo marchaba el trabajo. Las redactoras que debían cubrir los acontecimientos habían salido todas y sólo quedaban en la redacción los de mesa y los de las maquetas. Ahora, desde que el periódico mantenía una edición digital, buena parte de la cocina se guisaba en un despachito pequeño y apartado desde donde el webmaster tenía acceso a todos los ordenadores de la redacción. Cuando se producían noticias para publicar en el acto, cada uno de los que escribían debían colocarla en documentos compartidos. La mañana se mostraba tranquila: conciertos escolares, recepción en el Ayuntamiento, los cuarteles, temas demasiado trillados para no disponer de fuentes suficientes donde informarse. Comprobó por teléfono que cada cual ocupaba su sitio según lo planificado. Salió de la pecera. Se dirigió al despacho de la edición digital. Volvió enseguida a la redacción. El Redactor Jefe se ocupaba del área de cultura porque quien llevaba el tema había subido a política local. Al Redactor Jefe no le apetecía andar por despachos ni concertando entrevistas. Era redactor de mesa, de corta y pega, redactor de tijera. Este tipo de redactores que cogen una noticia de agencia y la aumentan o disminuyen hasta que cuadra en el hueco de la página, capaces de escribir un interesantísimo reportaje con sólo recortes y material de archivo, esta gente tan imprescindible en las redacciones que en la mayoría de los casos pasan desapercibidos fuera de ellas. A Paula Marta le había extrañado que le propusiera los reportajes sobre la acogida de niños, no era su manera de trabajar. Tal vez tuviera que ver con su ilusión de conseguir una corresponsalía en el extranjero y por eso se preocupaba de la avalancha de niños bielorrusos que cada año pasaban en España un mes y medio.

--¿Cómo se te ha ocurrido eso de los reportajes sobre los niños?

--Hurgando en Internet – contestó Gerardo.

--¿Y por donde metemos manos a eso?

--No lo tengo muy claro yo tampoco, pero me parece que por estos pueblos de la meseta del Jarama hay familias que les acogen. No sé si en Torres, en Anchelo, o en Villarejo de Salvanés, pero por ahí.

--Pero no llegamos más que a Torres, si no hay en Torres tiene poco sentido y menos tirón. Y está el problema de quien lo hace.

-- El argumento merece la pena, pero necesitamos alguien que lo trabaje.

--Se me ocurre que tal vez mi amigo el Tardón, ese que escribe de vez en cuando una columna esté interesado en el asunto.

--¡¡Yo no me fiaría de él!! ¿Has visto con qué periodicidad escribe? Nunca se sabe si va a escribir a la semana al mes o al año...

--Pero sí le gusta investigar. Le gusta fisgonear, enterarse de las cosas... Él podría tomar notas y luego me las pasa a mí. Sólo hay que buscar algo que le motive,

--Como tú digas, tú eres la jefa...

--Tanto como la jefa...

--En la redacción se hace lo que tú digas que se haga. Otra cosa es la política del periódico, la marcan desde más arriba, auque los vinos que te tomas con el Consejero Delegado también influyen – rió sarcástico el Redactor Jefe.

--¡Que cabrón eres! – le contestó Paula Marta con su mejor sonrisa aunque no exenta de reproche.

Y es que se rumoreaba que el ascenso de Paula Marta a la subdirección de El Tribuna de Alcalá tenía dos orígenes: apartarla de la información caliente, porque si tocaba una trama no lo soltaba hasta dar con todas las claves, y en ocasiones se pinchaba en zonas sensibles y otro puntal era su sonrisa contagiosa que también había transmitido al Consejero Delegado recientemente incorporado a la empresa después de una fusión y un juego de acciones. Ambas cosas debían de ser ciertas. Paula Marta había salido reforzada porque había triunfado la línea del director y éste sentía gran admiración por la labor de la joven.

Faltaban apenas unos minutos para que fueran las dos, hora a la que comenzaban a llegar los redactores de calle desperdigados por toda la ciudad. Paula Marta se despidió cantando “¡Ponte el cinturón!” y se dirigió al Hemisferio, en la Plaza de Cervantes, donde se había citado con Petronilo Marceliano.

jueves, abril 26, 2007

ALCALÁ CIUDAD PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD.

Este artículo se publicó en el Diario de Alcalá el mismo día que Alcalá fue elegida patrimonio de la humanidad.
FIN DE SIGLO

LOLA Y LA HUMANIDAD

Colocar de capitel de esta columna el nombre de Lola no tendría mayor sentido si no fuera porque Lola, la Directora del Centro de EPA don Juan I de Alcalá es de Megina, Guadualajara, y ella, un poco por presumir, otro tanto por ocultar su origen pueblerino, dice que veranea en Europa. Y razón no le falta, pese a lo que ella piense, Megina también es Europa.
Pero desde este día dos de noviembre Lola tendrá otro motivo de orgullo: ser la directora del Centro del MEC de Educación de Adultos de una ciudad Patrimonio de la Humanidad.
Lola además se siente muy recompensada porque sus maestros viajan por todo el mundo: Javier Ocaña a Japón en representación del Ayuntamiento Complutense, Eva Muñoz a Suecia en representación del Centro, Paco Viana y este servidor de ustedes a Polonia igualmente en representación del Centro Don Juan I.
De la plantilla del Centro hay maestros con muchos años en Alemania y el curso pasado, nos atendía Pelayo que procedente de Australia, impartía clases de inglés.
Pero Lola Martínez además se siente orgullosa porque al centro que ella dirige llega gente de otros muchos puntos: la alcaldesa de Peterbeorough, United Kingdom, y su marido, que también se dedica a la educación de adultos, visitaron El Don Juan I el mes pasado. Un grupo de maestros chilenos- con Pinochet a la sombra- han terminado estos días sus prácticas en el Don Juan. Y en junio tuvimos entre nosotros una representación de maestras portuguesas, nuestras socias de Coimbra.
Y no para aquí la cosa: de los maestros, que sepamos, sólo uno tiene origen alcalaíno, el resto cada cual somos nacidos en donde Dios nos dio a entender.
De los alumnos ¿ para qué hablar? Asisten a clases colombianos, marroquíes, gaboneses, chinos, polacos, y- aunque ahora no tenemos- algún norteamericano y algún francés han pasado por las aulas. Ciertamente la gran mayoría son castellano manchegos, extremeños, andaluces y algún que otro aragonés y catalán. Es decir Lola comanda gente de todas partes.
Así la cuestión, Lola, con quien no he tenido la oportunidad de hablar desde la declaración hasta la hora de escribir esta columna, podrá presumir de trabajar justamente en el ombligo del Mundo.
Y yo advierto a Lola: ¡Cuidado con este sentimiento! El ombligo es un lugar muy céntrico, aunque poco útil a no ser para hacer cosquillas. Llegado a ese punto siempre se tira hacia arriba o hacia abajo, pero allí se permanece poco tiempo, como en Alcalá que siempre fue Ciudad de Paso.

Pedro M. Talaván.

miércoles, abril 11, 2007

América América

Publicado en Diario de Alcalá durante los años noventa.
FIN DE SIGLO



CENTRO AMERICA

Aunque ya parece que va amainando el huracán ese, “como se llame”, y por tanto el impacto mediático de la solidaridad noticiosa, es un buen momento para plantearse lo que realmente sucede en Centro América.
El agua y el aire arrasó con todo lo que había, que no era mucho. Sólo vidas. Pero eso, sin hipocresías, en esta época, poco importa, a no ser para adoptar niños como se compra un perrito, dicho con todos los respetos, o para comprar niños, según se oye en ocasiones, para traficar con sus órganos y niñas para traficar con sus cuerpos.
Allí había poco de todo porque a nadie le ha interesado nunca que la zona prospere. Pues bien de repente se desatan las más impresionantes de las solidaridades. No hay nadie que se precie que no acuda a ver la desgracia- ¡de los demás, claro! - ni equipo de fútbol infantil- alevines de Maradonas-, de esos a quienes los padres gritan en los campos- ¡Machaca a tu contrario!- que no haya organizado una tómbola o le hayan rogado que rompa el cerdito para ayudar a los pobres indiecitos.
A afortunadamente ya se ha pasado la riada y -¡ todas las aguas vuelven a su cauce!- se empieza a oír hablar de ciertas corrupciones, de que si las ayudas llegan distorsionadas... Es decir aquello vuelve a ser lo que era: el paraíso de unos pocos y el infierno de muchos. Pero incluso ese infierno se puede convertir en algo turístico. ¿A quien no le apetece una bajada a los infiernos siempre que el ascensor nos espere para subir al cielo?
¿Y qué pasa mientras con la gente? Bueno, pues los gobiernos se debaten entre el ser o no ser de reclamar a Pinochet, entre cómo cobrar lo que nos deben esos piases. En no comprales sus materias primas, en venderles tecnología que de poco les sirve, en “ ayudarles” a seguir cayendo...
¿ Es que está mal la solidaridad? En absoluto, pero esos voluntarismos sólo me suenan a lavado de conciencia, a qué bueno soy, yo también contribuyo. Y en el mismo saco entra y cabe: los sudacas son peligrosos, los moros son unos guarros, los gitanos, unos ladrones, los polacos, unos indeseables...
Si el Estado quiere hacer algo ¿ por qué no facilita la entrada a los que proceden de Latinoamérica? Hace pocos días he tenido la oportunidad de observar en el aeropuerto de Barajas el trato tan diferente que la policía da a los viajeros según proceden de unas zonas del mundo o de otra. ¿Por qué no se extiende la seguridad social a todas las personas que viven en nuestro territorio? ¿Por qué no se evitan las pateras? En definitiva, ¿Por qué no se desarrolla de verdad estos piases, que lo necesitan, para que sus habitantes, con los mismos sentimientos que usted y yo, puedan permanecer junto a sus familias? Recursos, hay, como se termina de demostrar en esta carrera de yo soy más generosos y más rico que tu. Lo que también se demuestra es la necesidad que tenemos de que haya desgracias, de que haya pobres para poder presumir de ricos y generosos. Ya lo contaba Galdós en sus novelas de Torquemada: tengo tanto dinero que puedo comprar a Dios, aunque sea a partir de limosnas.
Esta no es la solución. La solución, yo tampoco la tengo a mano pero la pido, pasa por la justicia social y la valoración y dignificación del trabajo. No nos deben nada. Nuestra riqueza es sólo consecuencia de su espolio. Y la telefónica y la United fruit es lo mismo allí que aquí.

PEDRO M. TALAVÁN

viernes, marzo 30, 2007

BIELORUSIA

PUBLICADO HACE MUCHOS AÑOS EN EL DIARIO DE ALCALÁ
VA PRO VOSOTROS: LUZ, RAFA...
BIELORUSIA
Tal vez sea una inocentada, tiendo a creer que no, una vez leída la columna de Haro Teclen, y las recomendaciones que, por lo visto, hacía Cebrián, pero la fotografía que publica El País del día 28 en la sección Gente, debajo de donde se ve a Aznar con la fiebre de la nieve, se las trae en lata. Dos señoras lucen sus cachas en un desfile vanguardista en Minks ciudad donde la "creadora" Lyudmila Riabova ha presentado "la moda de cocina".
Cuando ojeé el periódico llamé inmediatamente a Luz del Olmo. En su casa descansa unos días Eugenia, también bielorusa y familiar de Natacha, la niña que tanto Mariano como Luz adoran y que cada verano viene un mes en Velilla de San Antonio. Porque Natacha lo pasa mal Mariano Plaza, el compañero de Luz del Olmo, hombre que no entiende de fronteras porque su familia se desperdiga desde Brasil hasta Suecia y él mismo tan pronto viaja a Moscú como a Viena o a cualquier punto de la Europa Central, la víspera de nochebuena se hizo cuatro mil kilómetros en dos días para buscar a Eugenia y tener noticias de viva voz de Natacha.
Sabemos que Elena, la maestra bilorusa que viene con los niños, apenas ríe porque come poco. Sabemos que Larisa otra maestra, que también ha dejado buenas amistades en Velilla, llora, porque entre otras cosas, al marido se le ha estropeado el autobús que conducía y, como no hay repuestos, pues simplemente engrosa las filas del paro y del hambre...
Sabemos que Natacha y muchos de sus compañeros y compañeras no sufren la crisis monetaria de Rusia y Bielorusia ya que no tienen un rublo: practican el trueque y gracias a ello sobreviven.
Sabemos todas esas cosas y nos aparece en el periódico el espectacular trasero y la no menos provocativa delantera de estas dos mujeres sin nombre que posiblemente se ganen el sustento anunciando una moda de cocina donde al parecer hay poco que cocinar. La reflexión facilona es la que por lo menos se entretienen y si las cocineras se muestran así entre los fogones seguro que ahorran en viagra, por ejemplo. Pero no deja de ser sarcástico que un país con unos problemas de subsistencia absolutamente dramáticos dé personajes como la Riobova ésta que se dedique a diseñar pañitos corporales para degustar entre las cacerolas vacías.
Si es una inocentada el mal gusto alcanza el sobresaliente, si es verdad, el sarcasmo ronda el asombro, aunque no sin razón siempre se ha dicho que hay gente pa tó.
Os prometo que esta columna hubiera sido de otra manera de no conocer a Mariano, Natacha, Helena, Larisa y a Eugenia.
Pedro M. Talavan.

lunes, marzo 26, 2007

LOS RECOGE PELOTAS

Publicado en el diario de Alcalá hace dos años.
A ras de suelo
Tocando las pelotas

La pelotera que se ha montado entre los distintos estamentos sobre si corresponde o no contratar a una mujeres que trabajan de modelos para recoger las pelotas que los tenistas desperdician tiene nada más que medio sentido. La polémica debía plantearse en otros términos: ¿Es el tenis un espectáculo? De la respuesta a la pregunta dependerá la toma de posiciones a favor o en contra del trabajo de las azafatas. Supongamos que contestamos que sí, que “El Master de Tenis de Madrid” es un espectáculo porque los tenistas son previamente contratados por unas cantidades considerables de dinero, en lo cual no entro, son profesionales que juegan a comisión: cuanto más público les vea más ganan -entiéndase por publico cuanto más mach aguanten-, y además están patrocinados por muy distintas firmas comerciales cuyas inversiones se rentabilizarán de una u otra manera, y los organizadores pretenden ganar dinero. Pero además es un espectáculo netamente publicitario de un Madrid que se postula como sede olímpica para el año que viene.
Contestemos que no. Que “ El Master de Madrid” no es sólo un espectáculo sino fundamentalmente un deporte. Se persigue mostrar “los top” de los diversos ranking de jugadores de pelota y raquetas. Lo que importa es quien gana a quien de limpiamente sin importar en exceso los dineros ni la publicidad. Coincide el dinero con la noble competición sólo porque cualquier actividad humana gasta tiempo de empleo y su traducción directa es la economía . Pero si esa circunstancia no se diera, “El Master de Madrid” se celebra con las mismas figuras y el estadio se llenaría igualmente porque la afición al cruce silencioso de pelotazos, es tanta que, para poner un orden en los curiosos, se hace necesario cribar con los precios.
Si se trata de un espectáculo, aunque sea corregido porque el casi deporte de los chicos de papel cuché, me parece preferible que contraten a profesionales -a quienes se les paga por su saber hacer, según el caché y los convenios- que se aprovechen de los “voluntarios”, esos muchachos ágiles que acuden sólo por la comida. -¡Este punto debían de denunciarlo los sindicatos y el defensor del menor enterarse del trabajo en esclavitud de los niños!- Lógicamente los organizadores quedan el libertad para cobrar por las entradas los que les venga en gana. Pero si es así, de mi bolsillo ni un céntimo, y quiero la parte que me corresponde como ciudadano de Madrid por el alquiler de un espacio de público que se alquila a un empresario privado. Yo no quiero pagar espectáculos que no me gustan y estoy en mi derecho.
En caso de que digan que es deporte, que los jugadores, como los recoge pelotas, no cobren más que la comida y el agua.
En cuanto a las ilusionadas jóvenes promesas y los competitivos padres con hijos deportistas federados y con carnet, que se sienten ofendidos porque los chicos han sido sustituidos por “go-gos” de largas piernas, les recomiendo que traten de sustituir a las modelos en sus trabajos más habituales y suban a sus vástagos a las pasarelas y los metan en los night club y discotecas de moda para que los congresistas se diviertan. Lo del deporte competitivo, mire usted, sólo es la guerra sucia del dinero y la droga.

viernes, marzo 09, 2007

FIN DE SIGLO

Luz, dedicada a ti como puedes ver. Hace años que se publicó en el Diario de Alcalá. ¿ Te acuerdas?

FIN DE SIGLO

BIELORUSIA
Tal vez sea una inocentada, tiendo a creer que no, una vez leída la columna de Haro Teclen, y las recomendaciones que, por lo visto, hacía Cebrián, pero la fotografía que publica El País del día 28 en la sección Gente, debajo de donde se ve a Aznar con la fiebre de la nieve, se las trae en lata. Dos señoras lucen sus cachas en un desfile vanguardista en Minks ciudad donde la "creadora" Lyudmila Riabova ha presentado "la moda de cocina".
Cuando ojeé el periódico llamé inmediatamente a Luz del Olmo. En su casa descansa unos días Eugenia, también bielorusa y familiar de Natacha, la niña que tanto Mariano como Luz adoran y que cada verano viene un mes en Velilla de San Antonio. Porque Natacha lo pasa mal Mariano Plaza, el compañero de Luz del Olmo, hombre que no entiende de fronteras porque su familia se desperdiga desde Brasil hasta Suecia y él mismo tan pronto viaja a Moscú como a Viena o a cualquier punto de la Europa Central, la víspera de nochebuena se hizo cuatro mil kilómetros en dos días para buscar a Eugenia y tener noticias de viva voz de Natacha.
Sabemos que Elena, la maestra bilorusa que viene con los niños, apenas ríe porque come poco. Sabemos que Larisa otra maestra, que también ha dejado buenas amistades en Velilla, llora, porque entre otras cosas, al marido se le ha estropeado el autobús que conducía y, como no hay repuestos, pues simplemente engrosa las filas del paro y del hambre...
Sabemos que Natacha y muchos de sus compañeros y compañeras no sufren la crisis monetaria de Rusia y Bielorusia ya que no tienen un rublo: practican el trueque y gracias a ello sobreviven.
Sabemos todas esas cosas y nos aparece en el periódico el espectacular trasero y la no menos provocativa delantera de estas dos mujeres sin nombre que posiblemente se ganen el sustento anunciando una moda de cocina donde al parecer hay poco que cocinar. La reflexión facilona es la que por lo menos se entretienen y si las cocineras se muestran así entre los fogones seguro que ahorran en viagra, por ejemplo. Pero no deja de ser sarcástico que un país con unos problemas de subsistencia absolutamente dramáticos dé personajes como la Riobova ésta que se dedique a diseñar pañitos corporales para degustar entre las cacerolas vacías.
Si es una inocentada el mal gusto alcanza el sobresaliente, si es verdad, el sarcasmo ronda el asombro, aunque no sin razón siempre se ha dicho que hay gente pa tó.
Os prometo que esta columna hubiera sido de otra manera de no conocer a Mariano, Natacha, Helena, Larisa y a Eugenia.
Pedro M. Talavan.

jueves, marzo 01, 2007

YA HACE AÑOS, PERO ES VIGENTE

FIN DE SIGLO
DIAS ALEGRES CON NUBES


Hay días que el sol sale con muy buena cara, hoy jueves, 10 de diciembre de 1998, es uno de ellos. Verán ustedes. Una de las fotos recurrentes en todos los periódicos es la cabeza libre de pelos y llena de poesía de José Hierro, a quien terminan de conceder el Premio Cervantes. A José Hierro lo trajo a las páginas del Diario de Alcalá la pluma experta y perfecta de Rafael del Moral. Yo estuve presente en la entrevista. Callaba y acompañaba a José Hierro en la batería de la bebida mientras el solo de la palabra lo ponía el poeta y el swing corría cargo de las preguntas de Rafael. Fue aquella una entrevista memorable. Enhorabuena a Pepe Hierro y gracias a Rafa del Moral que me permitió conocerlo de cerca.
El día también es alegre porque hoy se cumplen cincuenta años de la Declaración de los Derechos Humanos y otra noticia de portada es la extradición de Pinochet. Recordemos que él los respetó poco y que a nosotros, los españoles, nos llegaron tarde porque ni nos admitían en la ONU ni nuestro tirano de turno, el amigo de Pinochet, mostraba ningún respeto por ellos.
José Saramago, el paisano portugués, anda por el frío norte recomendando a los suecos que cuiden a sus autores y solidarizándose con todos los males de la tierra. Rafael del Moral me comentaba el discurso del Nobel vecino y sin fronteras en el que ha dicho que hasta los catorce años anduvo descalzo y que aprendió todo de su abuelo que no sabía leer y de su abuela a quien le daba pena morirse.
También me comenta Rafael del Moral que otro punto Patrimonio de la Humanidad, además de Alcalá y Oviedo ha sido una cueva almeriense donde hasta hace poco tiempo vivían pastores como los abuelos de Saramago.
A Saramago lo conocí en la última Feria del Libro de Madrid. Estaba solo en una de las casetas, sin las colas de los charlatanes y las actrices metidas a firmar libros. Hablamos de Portugal y mi simpatía particular por su país y su devoción por las piedras como testigos de los trabajos y los días de toda la humanidad. Me firmó "El viaje de Portugal" que junté con el recién nacido "Diccionario Temático del Español" de Rafael del Moral.
Hoy tengo sobre mi mesa ambos libros y la foto de José Hierro. El afán universalista de los diccionarios de Rafael del Moral junto a la poesía intimista, delicada de José Hierro y la literatura universalmente rural y humana de Saramago se presentan juntas como el continuum de la vida representado en la cueva almeriense, la sabiduría clásica de Alcalá y el provincianismo de Vetusta.
La nube es la muerte del muchacho vasco que venía a Madrid para ver un partido de fútbol...

PEDRO M. TALAVÁN